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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 9 febrero 2012

Mundo

VIAJE AL CORAZÓN DE IRAK
Un país en la penumbra
Regresar a Irak después de cinco años de guerra es toparse con el miedo, los estrictos y despectivos controles de EE UU y el pesimismo sobre su futuro

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Un país en la penumbra
PARADA OBLIGATORIA. Los ocupantes de un autobús iraquí aguardan junto al vehículo para ser inspeccionados por fuerzas estadounidenses en un control situado al sur de la capital del país árabe. / AP
Los periodistas estadounidenses en Irak, escoltados por mercenarios armados hasta los dientes, aplican siempre 'la regla de los diez minutos': no más de diez minutos en un mismo sitio. Nuestra regla de oro fue no más de diez días camuflada entre iraquíes.

El precio de la seguridad personal en Bagdad se cifra en cientos de miles de dólares al mes, lo que explica que sólo los gigantes mediáticos hayan podido quedarse en el país más peligroso que hayan visto nunca los periodistas: 127 han sido asesinados desde la invasión de marzo de 2003, además de 50 empleados de apoyo. Son prisioneros en hoteles de medio pelo parapetados tras barricadas de cemento o en casas de seguridad custodiadas por comandos armados desde varias manzanas alrededor.

Un periódico español no puede permitirse escolta, vehículos blindados o 'fixers' locales que lleven a los entrevistados a la habitación. En cambio la suerte trajo a esta periodista tres armas vitales para la misión iraquí: ojos negros y piel morena para pasar desapercibida, las nociones justas de árabe para resultar una mujer de pocas palabras, y la increíble generosidad de Sami Rasouli, el iraquí fundador de Equipos de Musulmanes que hacen la Paz, con cuya familia convivimos durante una semana.

De su mano, cubierta en todo momento por un velo ajustado al rostro que llaman 'hiyab' y un manto llamado 'abaya', todo en negro sepulturero para no diferenciarse del resto, nos colamos en la vida cotidiana del Irak al que Estados Unidos impuso la democracia hace ahora cinco años. Nunca caminar tan vestida hizo sentirse tan desnuda.

Los pilotos pisan el freno, aprietan a fondo el acelerador y sueltan el freno. El avión sale disparado al despegar y aterriza en picado. Hay que minimizar el tiempo que está a tiro de los lanzamisiles de hombro. Los terroristas acechan en las inmediaciones.

Sus objetivos más certeros han sido los helicópteros estadounidenses y los aviones de DHL, a veces cargados con fajos de billetes de cien dólares para pagar las cuentas en efectivo. En un país en guerra como Irak las tarjetas de crédito no son más que plástico.

Aeropuerto vacío

Si bien estas peligrosas maniobras pueden pasar desapercibidas para el pasajero, en cuanto se pone un pie en la terminal el silencio del fantasmagórico aeropuerto internacional de Bagdad desata la angustia.

Sadam Hussein lo bautizó con su nombre en 1982, tras pagar a los franceses 900 millones de dólares (más de 615 millones de euros) por su construcción. Estaba diseñado para recibir a 7,5 millones de pasajeros diarios, pero hoy hay días en los que no aterriza ningún avión civil. Cada vez que los estadounidenses bloquean el espacio aéreo para sus operaciones, los tres vuelos de Royal Jordanian, Iraqi Airways y el chárter de KBR, la filial de Halliburton que opera el país árabe, se quedan en tierra sin previo aviso.

Los mostradores están vacíos. Las pantallas electrónicas apagadas. La 'duty free' parece una tienda cubana del período especial. Lo mismo si se le pregunta por el baño que por la hora de salida, el encargado de la información sólo sabe decir una frase en inglés: «puerta 32». Lo dice tan decidido y sonriente, que uno no duda hasta que ha obtenido la misma respuesta a tres preguntas diferentes.

Quienes bajan de los aviones no necesitan sus instrucciones. Los fortachones americanotes con cerrado acento de Texas u Oklahoma traen colgada al cuello una funda con su acreditación de empleado de la 'coalición', y se dirigen hacia la cola de inmigración como un rebaño que ya se sabe el camino.

Sólo tres mujeres, dos de ellas iraquíes con un bebé en brazos, acompañadas por los hombres de la familia, bajan del avión. Tanto chirría la presencia de esta periodista en el rebaño de empleados de KBR que un soldado iraquí la saca inmediatamente de la fila para interrogarla en un cuarto aparte.

Al pasar el control de inmigración no es difícil reconocer en la desolación de la gran terminal al desconocido al que nuestro anfitrión, Sami Rasouli, ha encomendado recogernos. El favor se lo hace con la cara tensa Ali Shalan Moham, director del Ministerio de Desplazamientos y Migraciones, que ha montado todo un operativo para la ocasión.

Sólo los vehículos autorizados cuyos conductores tengan una acreditación gubernamental pueden llegar hasta el aeropuerto, vetado para el ciudadano de a pie o incluso para los taxistas. Empresas de seguridad como la británica AKE cobran entre 2.000 y 3.500 euros por trasportar a un huésped hasta un hotel de Bagdad en un pequeño convoy de dos vehículos blindados. Los doce kilómetros de carretera que separan el aeródromo de la Zona Verde eran conocidos hasta hace poco como los más peligrosos de Irak. Son diez minutos de tensión que nada refleja mejor que el rictus agarrotado en el rostro de Ali.

Uno de sus subordinados le espera en el coche, vigilando los alrededores. Click. Tan pronto como se sienta ante el volante ambos sacan las pistolas y se las colocan sobre las rodillas, listas para disparar. Pasamos tres controles en los que los soldados iraquíes se cuadran ante la matrícula del coche, y una vez que se ve solo en la carrera aprieta el acelerador como alma que lleva el diablo, sin dejar de mirar con nerviosismo los espejos retrovisores.

«Nadie quiere invasores»

«Esto ha mejorado mucho», asegura quitándole hierro al asunto. «Hace un año no podíamos pasar por aquí. Las calles amanecían regadas de cadáveres. Cada día había ochenta muertos más en la morgue». ¿Funcionó entonces la escalada de tropas? «Claro que sí». ¿Prefiere que se queden los estadounidenses? Por primera vez, aparta la mirada de los espejos y vuelve la cabeza para contestar mirando a los ojos. «Nadie que ame a su país puede querer que se queden tropas invasoras», espeta.

Y mientras intenta recuperar la calma avisa que nos aguarda un cambio de coche «por si alguien nos ha seguido». Su chófer y su guardaespaldas emergen en otro vehículo de en medio del campo y se cruzan delante de nosotros. Con el motor encendido me empujan hacia el otro coche sin recuperar siquiera la maleta. Enfilamos la Zona Verde a toda velocidad, mientras nuestro primer vehículo desaparece por la autopista que se adentra en Bagdad para despistar a los posibles perseguidores.

Se diría que el peligro ha pasado, pero en realidad no ha hecho más que empezar. Descargan las pistolas, sacan las cartucheras, le quitan las baterías a los teléfonos móviles y lo ponen todo a la vista en el salpicadero, tal y como ordenan las señales en inglés a ambos lados de la carretera. Enfrente, el control estadounidense que custodia la entrada de la Zona Verde.

Ali recorre ese camino todas las mañanas, abordando lentamente el carril de la derecha con su acreditación en la mano. Lo que no sabe es que cuando lleva pasajeros tiene que pasar por el carril de inspección.

El soldado americano pega un grito y le apunta con el fusil a la cabeza. Ali, aún con la acreditación en la mano, murmura disculpas sin saber por qué. «¿Te he dicho yo que pases, eh?», le grita el soldado. «¿Responde!» Por su cargo, Ali esta más acostumbrado a las reverencias que a los gritos, pero balbucea con humildad. «Perdón, no he visto que hiciera ningún gesto». Y no lo ha hecho. «¿Estás ciego o qué te pasa! ¿Tampoco has visto la señal de stop que tienes allí detrás? ¿Eh? ¿Contesta!», ordena. «¿La próxima vez te confisco la credencial!». Mientras Ali se baja del coche para dejarse cachear, su subordinado observa la escena con rencor. «Ya lo ves, cometes un pequeño error y te tratan como a un animal», dice apretando los dientes.

O peor. Muchos lo han pagado con sus vidas. Familias enteras acribilladas dentro del coche por no responder al gesto de un soldado, a una orden en inglés, o una señal en la carretera. La imagen se hizo frecuente ya en los días que siguieron a la invasión del 20 de marzo de 2003, y junto a los coches bomba es una de las más repetidas en estos cinco años. Incluso la periodista italiana Giuliana Sgrena fue herida por las balas estadounidenses en esta misma carretera horas después de que su gobierno la liberase de sus secuestradores hace ahora dos años. El veterano agente de los servicios secretos italianos que la acompañaba, Nicola Calipari, pereció en el inesperado tiroteo. «O esto ha sido una emboscada deliberada o es que estamos tratando con imbéciles o niños asustados que disparan a cualquiera», dijo entonces su compañero Pier Scolari.

Jugarse la vida

Al anochecer, a la salida de Bagdad, aún tocará jugarse la vida de nuevo por conducir tras un convoy americano que avanza lentamente en busca de explosivos. De pronto la luz verde de una trazadora penetra en el coche, desatando gritos asustados y un frenazo en seco. Es un aviso de que nos hemos acercado demasiado al vehículo militar. Detrás de la luz verde hubieran venido las balas.

El encuentro con Sami se había demorado dos horas. El conductor que contrató para el viaje entre Bagdad a Nayaf no conseguía ponerse de acuerdo con Ali sobre un sitio seguro para el encuentro. Al final se produjo en la casa de Ali, un edificio señorial de la infame calle Haifa que no ha visto la electricidad en cinco años. Ali se disculpa, lógicamente el ascensor no funciona. La casa está en penumbra, empieza a caer la noche en Bagdad. Sami llega apresuradamente con mi atuendo islámico. El conductor está asustado, hay que salir antes de que se haga de noche. En la oscuridad reinan los fanáticos. «Nos observan muchos ojos», advierte.

El conductor pisa el acelerador y no mira atrás. En Irak la vida se ha impuesto como una permanente huida hacia adelante, después de años paralizados por el miedo. «No es que la escalada de tropas haya funcionado», explica Ali antes de despedirse. «Es que la gente está cansada».
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