
LA EXPOSICIÓN
Ahora en el Aula de Cultura de la BBK, de Bilbao, el material de su proceso de trabajo: un sinfín de dibujos, esbozos y bocetos, en parte coloreados, en torno a las miradas y los gestos de los personajes del cuadro final.
Díez Alaba, un descreído, como muchos de su generación, se refiere con su serie al momento sublime pero común de la cena con los amigos, los más amigos; algo que tiene también mucho de ritual y de celebración en el marco de las relaciones de influencia, y de cariño, que se establecen en el grupo.
El artista afrontó el cuadro del encargo con personajes imaginarios en base al cruce de dos ideas: la de la eucaristía y la de la delación de Judas que lleva a Jesús a la cruz. Díez Alaba, que llevaba años en el campo de la abstracción recreándose en una especie de visión gestual y salvaje de la naturaleza, se reencuentra a gran escala con la figuración; además, del encargo surgirá el proyecto personal de mostrar el proceso de composición pictórica de una nueva Última Cena, pero con personajes reales: amigos de Bilbao, también de Menorca, un par de familiares y un santón hindú, que preside la velada.
El valor del proceso
«Yo soy de los que creen que el valor está en el proceso, no en la obra acabada, aunque el mercado y el espectador valoran la obra», comentaba el artista hace tres años en EL CORREO, acerca de su forma de afrontar el oficio de artista; de ahí la coherencia de la exhibición de su trabajo preliminar en torno al tema de la Última Cena. «Ese proceso -concluía- es lo que valida mi existencia, el tiempo que he pasado, las huellas que he dejado...»






