Yo me considero un ciudadano común, perdón por la arrogancia, y creo que por eso me identifico con Pilar y con Sandra. Cada vez que escucho sus palabras las hago mías, y pienso que Pilar podría haber sido mi madre y Sandra mi hija. Ojalá, Sandra, mi hija sea igual que tú.
No quiero olvidarme de Mar, la novia de Miguel Ángel Blanco, ni tampoco de Bárbara Durkohp ni de tantas mujeres anónimas que sólo salen en los documentales y en los reportajes sobre las víctimas. Las siento a todas ellas y espero que alguna vez me perdonen que sólo me fije en estas dos.
A Pilar le quitaron un hijo. A Sandra le arrancaron a su padre. No hace falta explayarse. Todos o casi todos sabemos o podemos imaginarnos lo que es eso. Y el que no, es un miserable. Pero, lo que destaca sobre todo lo demás, excluidas las muertes, es la entereza de esas dos mujeres, la forma en orgullo por sus familiares, el tono sereno de Sandra, su legítimo derecho a insultar a los asesinos.
Su asco es político, lo mismo que su rabia, lo mismo que el deseo de que su padre siguiera viviendo. ¿No es acaso el principio de la política el derecho a la vida y a la seguridad, las garantías para tomar en paz el camino que a uno le dé la gana? ¿No es mi identificación con ellas, mis lágrimas y las lágrimas de todos los demás una cuestión política?
En estas dos mujeres yo veo el conocimiento, esa neurona femenina que distingue lo que importa de lo que no. Puede sonar a tópico, pero a mí me parece que ese saber decir la palabra justa y verdadera lo tienen, sobre todo, las mujeres. Ojalá, Pilar y Sandra, me recuerden mujeres como vosotras.






