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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 11 febrero 2012

Más deporte

UN DÍA CON LA CAMPEONA DE ESPAÑA DE JUDO
La trepidante vida de Yahaira Aguirre
EL CORREO acompaña durante una jornada a la yudoca de Algorta, reserva en los Juegos Olímpicos de Pekín, que se entrena mañana y tarde a todo ritmo para seguir en la élite
09.03.08 -

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La trepidante vida de Yahaira Aguirre
DE 16.30 A 18.30H. CLASES EN UN COLEGIO. Yahaira da clases de judo a los más pequeños.
-¿Cuántas horas al día se entrena?

Yahaira Aguirre, campeona de España de judo y reserva de Isabel Fernández en los Juegos Olímpicos de Pekín, duda. Se concentra, cuenta las horas en voz baja («¿tres? ¿cuatro?... », se pregunta) y acaba por admitir con una sonrisa que no sabe el tiempo que trabaja. Llama la atención su titubeo. A cualquiera, dedicar más de seis horas todos los días al deporte, como hace esta vizcaína, le dejaría destrozado. Difícilmente se olvidaría de un solo minuto de esfuerzo. Pero Yahaira, sí. Incluso, hasta cree que emplea menos tiempo del que realmente dedica. Como si no le pesara demasiado, vive a un ritmo trepidante. Sigue el plan de trabajo con naturalidad. Hasta con alegría. Corre por las playas de Algorta acompañada muchas veces por su perra, se machaca en el gimnasio durante horas, repite decenas de veces las mismas llaves sobre el tatami, estudia a través del vídeo los combates de las rivales tratando de encontrar sus puntos débiles, da clases a chavales sobre su disciplina... Y a pesar de que es una mujer de armas tomar, que ha llegado a desnudarse en una revista para llamar la atención sobre la «escasez» de las ayudas de las instituciones, no se queja. Asume la paliza física hasta con gusto. Al observador le queda la impresión de que Yahaira, por mucho que se esforzara, no encontraría nada que le llenara más que el judo. Y ya lleva más de veinte años así.

Todo empezó cuando Yahaira, ('Hija del sol', nombre de procedencia indio americana), tenía cuatro años. De la mano de su madre, iba a buscar a su hermano mayor al club de judo. Poco a poco, le empezó a entrar la curiosidad. Hasta que se subió a un tatami del que todavía no se ha bajado para completar un palmarés que asusta. 16 campeonatos de España -entre categoría infantil, cadete, junior y absoluta-, oro en las Olimpiadas juveniles celebradas en 1995 en Londres, subcampeona del mundo universitaria en Yugoslavia 2002, plata en la Universiada en Bangkok (Tailandia) en 2007, varias medallas en diferentes pruebas de la Copa del Mundo, el reconocimiento de Getxo al nombrarla la mejor deportista absoluta de la localidad en enero...

No ha sido fácil, reconoce. Y más cuando no ha descuidado su carrera académica -se licenció en Empresariales por la Universidad del País Vasco en 2007 y ya da sus primeros pasos para hacer un doctorado-. «Se me ha hecho difícil compaginar los estudios con la competición. Terminé la carrera como pude. Poco a poco. ¿Por qué? Siempre he tenido claro que necesitaba unos estudios para tener algo en el futuro sobre lo que apoyarme. Además, nunca sabes en qué momento te puedes lesionar», reflexiona.

EL CORREO fue la sombra de la yudoca durante una jornada de trabajo. Ésta es una crónica de un día cualquiera en la vida de Yahaira.

LA MAÑANA

Del euskaltegi al gimnasio

Siete y media de la mañana. Algorta se despierta con una débil pero insistente lluvia que no cesa durante toda la jornada. «¿¿Vaya día!!», lamenta Yahaira. Aun así, no se desanima. A la vizcaína tampoco le queda mucho tiempo para lamentos. Enseguida, a las ocho, aparece en el euskaltegi de su localidad para recuperar el ritmo de unas clases que «muchas veces» se pierde por las competiciones y concentraciones. Tras dos horas de lecciones y sin tiempo para tomarse siquiera un café, pone rumbo hacia el Centro de Perfeccionamiento Técnico (CPT) del Gobierno Vasco, en Fadura. Allí, ya que la lluvia no le permite correr donde más le gusta, la playa, calienta sobre una cinta a un ritmo que agota sólo con verlo. A los diez minutos, para. Ya ha conseguido su objetivo: «¿Ya estoy sudando!», se dice antes de marcharse hacia el gimnasio, donde completa cinco series con nueve ejercicios cada una al ritmo de una emisora de radio fórmula. «Ésta es la parte del entrenamiento que menos me gusta. Esta hora y media o dos preferiría dedicarlas al judo, pero no queda otra», suspira antes de empezar las pesas para poner a tono los pectorales, dorsales, bíceps y tríceps.

«Los entrenamientos cambian mucho según la época del año. Ahora, como tengo un parón de dos meses hasta la próxima competición, meto más carga. Ayer me tocó trabajar las piernas. Hoy, la parte del tronco superior», explica entre serie y serie. No va de menos a más. De inicio a fin levanta el mismo peso. «Es que debo evitar la hipertrofia muscular. Si fuera aumentando las cargas, ganaría músculo y no daría el peso». Y es en este punto cuando Yahaira, fuerte, pero fina y que compite en la categoría de menos de 57 kilogramos, desvela el sino de los yudocas: «La báscula viaja conmigo. Yo suelo estar en 59 kilos y para las competiciones tengo que bajar dos. Hasta me da miedo pesarme en básculas diferentes ya que hay una diferencia de entre 200 gramos, más o menos. En las competiciones, de siete a siete y media de la mañana te puedes pesar en la báscula oficial. Después de esa hora, si te pesas y superas tu peso, quedas descalificada. Así que te pesas antes de eso y si ves que estás por encima, te pones a correr. Más de una vez me ha tocado hacerlo». Y concluye mientras da pedales sobre una bicicleta estática antes de dar por terminado el primer entrenamiento del día: «Al final, son dos competiciones. La primera, contra la báscula. La segunda, contra las rivales. Por eso, debemos controlar mucho la nutrición».

LA TARDE Y LA NOCHE

Del colegio al tatami

Cuatro de la tarde. Astrabudua. A Yahaira también le toca hacer de maestra del judo. Da clase a 74 alumnos. Hoy imparte lecciones a dos grupos en un colegio. El primero, con chicos de seis a once años. El segundo, con niños de tres a cinco. «Me lo paso bien con ellos. Me divierto. Me gusta enseñarles, ver cómo aprenden y crecen. Vas observando cómo mejoran, y es una satisfacción», relata.

La conversación la interrumpe a las cuatro y media la bocina de la escuela que marca el final de las clases. De inmediato, el pabellón donde imparte Yahaira las clases, tras improvisar con maña un tatami con colchonetas, se llena de chavales. Aparecen en la sala corriendo y con sus madres a la caza. Los escolares se cambian y, con sólo ponerse el quimono, se transforman en auténticos yudocas con el orgullo que es llevar a esa edad un cinturón amarillo, naranja o de ambos colores. Simulan llaves, gritos de guerra, ataques letales... hasta que la maestra, con la autoridad que deben de sentir los más pequeños hacia una campeona, manda callar con un gesto de cortesía, a modo de saludo, que todos los niños se toman muy en serio.

«Antes más chavales se dedicaban al judo -reflexiona luego la deportista de Algorta-. Quizás es porque ahora hay más actividades, como la Play, la PSP... Y sufrir en un tatami no apetece. Afición, entre los más pequeños, hay, pero cuando entran en el instituto lo dejan».

Cae la noche y a Yahaira todavía le quedan dos horas más de entrenamiento en el club de judo de Getxo. Es la parte final de un día de trabajo y la que «más» le gusta. Por fin, llega el momento de preparar los combates, a las órdenes de su entrenador «de toda la vida», Agustín López de Letona.

Tras el calentamiento, ensaya una y otra vez los mismos movimientos para que «luego, en la competición, salgan de forma instintiva». Perfecciona la estrategia en el suelo, lugar en el que suele ganar a sus oponentes. A las diez y cuarto, la vizcaína da por terminada su jornada de trabajo. Todo, para llegar preparada a sus próximos compromisos: dos o tres pruebas de la Copa del Mundo y, si se confirma, el campeonato del Mundo en Macao (China).

-¿Y no le agota este ritmo?

-A veces acabo cansada -admite Yahaira-. Es lo que hay. Así es el deporte: hay que meterle horas y, al final del día, te sientes reventada. Pero lo hago con gusto...
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