Y no digo yo que Obama no guste a una parte de esa sociedad, que no embelese, sino que me resulta difícil aceptar que se case con él. Por eso, la emoción inicial que nos llevó a pensar (seguramente de modo ingenuo) que EE UU había evolucionado lo bastante para elegir presidente a una mujer o a un negro, comienza a enfriarse. Y algunos percibamos que pueda ser McCain, un blanco, rubio, ex combatiente en Vietnam y republicanísimo, el llamado a ser nuevo inquilino de la Casa Blanca. No tanto porque Obama como Clinton puedan salir maltrechos de esta sangrienta carrera, que también, como porque los gustos de la mayoría continúen decantándose a favor de las ideas ultraconservadoras: señor bajito, de ojos claros y 71 tacos, torturado por el Vietcong. Un clásico.
Llegados a ese punto, la competencia ilusionante de los diferentes carecería de interés, y tanto la resurrección de Clinton como el viaje al paraíso de Barack (su campaña resulta un subidón) sólo podrán exhibirse entre los milagros de la democracia. Mi intuición es fruto de la pura matemática y se inspira en dos observaciones: ninguno de los que han apoyado a McCain lo haría por un candidato demócrata, y la mujer de Obama dejó dicho que dudaba de que fuese capaz de votar a Hillary, aun en el caso de que lograra la nominación.
No me salen las cuentas porque, en el fondo, no encuentro a un ejecutivo americano blanco dispuesto a casarse con un negro. En cuanto a Hillary, desconfío de que haya muchos hombres como Bill, despreocupado corredor de fondo. Es cierto que con el triunfo de ayer se hace bueno el 'siempre regresan' que se aplica a los Clinton, pero la resurrección de Hillary implica un retorno desde el más allá en su nueva naturaleza de muerta viviente. Dudo de que si en vida fue incapaz de desatar pasiones entre los 'outsiders' de su partido vaya a hacerlo ahora como cadáver revivido. Ya no decir entre los jóvenes, tan lejos de su mística, su discurso frío y metálico, su pasado... y de la guerra de Irak. Los demócratas lo tienen fatal, se mire como se mire. No nos quedará otra que abandonar la fe y hacer una inmersión en el 'sueño americano'. Para que duela menos.






