
Es la guerra. Las autoridades asiáticas quieren filtrar su cielo. Reinventarlo. Decretarán en julio el cierre de unas 40 fábricas de Pekín y de las provincias limítrofes. Quieren un agosto azul. Trasladarán la contaminación a septiembre, cuando nadie de fuera la huela ya. Lanzarán diatomita o yoduro de plata contras las nubes, las obligarán a replegarse. Las bombardearán con aviones o cañones. Impondrán restricciones a la circulación de vehículos: un día las matrículas pares y otro las impares. Prohibirán la quema de rastrojos, otro de los focos de malos humos.
La batalla lleva tiempo. Ya se han cambiado muchas calderas de carbón por otras a gas. Y se dieron de baja 50.000 taxis y autobuses pasados de vueltas. El de la contaminación es un conflicto sin pausa. Prioritario para los responsables de los Juegos, que ven a Pekín como una ciudad con tos. Geriátrica.
Los atletas tienen miedo. En China les dicen que el aire de agosto no estará viciado. Pero algunas delegaciones han probado ya unas mascarillas para competir. Otros, como los triatletas españoles, llegarán sólo cuatro días antes de la prueba. Se adaptarán al horario en Corea, lejos de los malos humos de Pekín.







