
Por ello, los componentes de estas unidades son especialmente sensibles con errores de otros que les pueden afectar. «Cada vez que vemos la información que se facilita sobre nuestro trabajo nos llevamos las manos a la cabeza. Desde el propio Departamento de Interior, en ocasiones, se han proporcionado datos que son fatales para nuestro trabajo», aseguran. En ese sentido, los desactivadores son celosos hasta el límite de cualquier indicio sobre su actividad que pueda proporcionar el más mínimo conocimiento a ETA.
Otra de sus obsesiones es trabajar de la forma más autónoma posible. «Cuando llegamos a un lugar, nos aislamos por completo para centrarnos en la bomba. Nuestros teléfonos móviles no suenan para estar más concentrados, pero suenan otros. Los cargos políticos quieren saber qué sucede o cuándo se va a poder abrir una calle que tenemos cerrada por seguridad. En algunos momentos, incluso se contaba en la radio lo que estábamos haciendo», lamentan.
Dentro de esa necesidad de mantenerse aislados mientras toman decisiones que pueden afectar a la vida y la muerte, una de sus preocupaciones es poder improvisar. «Nosotros no podemos actuar con protocolos. Cada rincón es distinto, cada bomba es distinta». «Por eso», continúan, «para nuestro trabajo es letal la burocratización. Los mandos policiales están ahora obsesionados con obtener la Q de calidad y eso para un artificiero es una pérdida de tiempo. No nos pueden controlar los tiempos que tardamos en llegar a un incidente porque cada situación puede requerir un tipo distinto de despliegue».
En este sentido, los profesionales en explosivos se quejan de que su sistema de trabajo «implica prolongaciones de jornada en la que nos obligan a no estar absolutamente concentrados. Deberían cambiarlo».
No obstante, están orgullosos de su labor. Al ser preguntados sobre si dejarían a un hijo dedicarse a su misma profesión, no dudan al responder: «Desde luego, no me importaría que fuese un artificiero».






