En una variante que recordaba la 'boutade' atribuida primero a los comentarios de la derecha en España en los primeros años de la Transición ('con Franco vivíamos mejor'), el exilio intolerante ya temía hace años que algún día llegaría a llorar que 'contra Castro vivíamos mejor'. En Miami y Washington se había establecido una industria que basó toda su razón vital en el anticastrismo, sin resquicios. Consiguieron magistralmente capturar parcelas de poder en el Congreso y congelaron los esfuerzos de los que consideraban que el embargo no hacía más que beneficiar a Castro. Cualquier intento de proponer arreglos que facilitaran la transición era interpretado como colaboracionismo. De ahí que la inercia imperara y sólo ese discurso intolerante definiera injustamente a todo el exilio, muy variado en sus miras.
En La Habana, gracias a la fallida política norteamericana, se temía que también algún día se llegara a exclamar con nostalgia que 'contra Estados Unidos vivíamos mejor', aparte de que una minoría llegaría a pensar que 'con Castro vivíamos mejor'. De ahí que tanto el régimen cubano como el núcleo duro del exilio, cuando detectaban que el Gobierno de EE UU o las circunstancia internacionales eran propicias para una tregua o, peor, para un arreglo, formaba una 'coalición' perversa y ambas facciones irreconciliables se ponían aparentemente de acuerdo para desenterrar las hostilidades.
El caso más notorio fue cuando la Ley Helms-Burton recibía una dudosa aprobación en el Congreso. Castro decidió derribar las avionetas de Hermanos al Rescate, gracias a la irresponsable maniobra de sus dirigentes, que compartirían la responsabilidad de la muerte de los cuatro tripulantes. Clinton, quien de manera oportunista picó en el anzuelo, se plegó a las presiones aprobando la ley, no sin reservarse sibilinamente la neutralización de la aplicación de su Título III por «motivos de interés nacional». Él, y luego Bush, lo han hecho religiosamente cada semestre.
Lo que la oposición interior, el núcleo duro del exilio y el sector ciego del Gobierno de EE UU temían es que un amplio sector de la población cubana pudiera algún día reclamar que 'con Castro vivíamos mejor'. Si no 'mejor', al menos sin las incertidumbres que el aterrizaje en el capitalismo abierto e incierto les propinaría de golpe con un cambio drástico de régimen.
Esta posibilidad se presenta ahora. En función de la velocidad de los acontecimientos, y a pesar de las predicciones edulcoradas con la filosofía tradicional en la mano -'No Castro, no problem', rezan las pegatinas en Miami-, es un enigma que no tendrá respuesta hasta que, una vez jubilado Castro, Raúl quede neutralizado o milagrosamente transformado en demócrata a la manera de Adolfo Suárez. Más posible es que algunas figuras militares (con o sin Raúl) se hagan cargo de la Administración. Aunque teman llegar a decir que 'con Castro vivían mejor', les puede convencer añadir que con la transición, también.
Ésa es la ventaja que tiene el sector directamente supervisado estos años por Raúl Castro. Aunque la solución transitoria no sea del agrado del núcleo duro del exilio, paradójicamente, puede ser la única garantía para Washington de que la situación no se desmande. Solamente los militares cubanos pueden garantizar el orden.






