
Los cardenales Rouco y Cañizares nunca han ocultado su oposición al nacionalismo, aunque la presencia de Uriarte en la Comisión Permanente hasta hace algunos años suponía un dique para pronunciamientos más agresivos. El obispo de San Sebastián, con ayuda de colegas catalanes, logró suavizar algunos textos y salvar la legitimidad del nacionalismo democrático. En otras ocasiones, se vio obligado a puntualizar algunas declaraciones con el argumento de que no constituían magisterio obligatorio.
En los nuevos tiempos que se anticipan será más difícil parar a los cardenales, decididos a liderar la reconquista moral de España, identificando catolicismo con conservadurismo. Monseñor Munilla acaba de apoyar la declaración episcopal y elogia su «firmeza contra el chantaje terrorista». Iceta ha pedido tiempo «para conocer» la realidad vasca antes de pronunciarse. En algunos círculos se aplaude que «ya es hora de hacer menos política y de atender más la esfera religiosa». Una crítica que es extensible a una parte importante de la jerarquía española.
En cualquier caso, algunos de quienes han impulsado iniciativas de paz en Euskadi admiten con desesperanza que ese ciclo también entra en una fase de hibernación. «Después de movilizaciones masivas, la sociedad vasca está un poco agotada, hay una fatiga social muy fuerte, que también afecta al papel de la Iglesia en este ámbito. Ahora les toca hablar a la Justicia y a las Fuerzas de Seguridad. La Iglesia hablará de los límites a esa persecución, pero su voz no va a ir mucho más allá. Estamos en otro ciclo».
Otros análisis son más contundentes: «Estamos en el punto final. Para el Vaticano no es la misión fundamental de la Iglesia. 'Tenemos que pensar en lo nuestro', vienen a decir. Lo suyo es adecuar el mensaje religioso y procurar que se extienda».






