Ocurrió esto a finales del año pasado cuando estaba esperando el ascensor en el vestíbulo de la estación de San Ignacio, junto a otro matrimonio de edad parecida a la mía. Y como la espera se prolongaba, me entretuve contemplando el arbolito de navideño.
Estos arbolitos se colocan en los vestíbulos con el objeto lógico de animar a la clientela en las épocas navideñas, pero, por mi parte, les puedo asegurar que no consiguen su propósito, porque tienen unos adornos tan tristes, mustios y apagados que más bien propenden a la melancolía. Pero volvamos al ascensor.
Estábamos los tres (el matrimonio y un servidor) esperando que subiera la cabina y nos extrañaba que tardase tanto. Incluso llegamos a pensar que el ascensor podía estar estropeado, pero al fin comprobamos que se había puesto en marcha y, con su acostumbrada parsimonia, llegó hasta el vestíbulo. Entonces se abrió la puerta y vimos salir de la cabina todo lo que a continuación se cita por orden correlativo.
1.- Un empleado del metro llevando una carretilla cargada con un montón de cajas metálicas.
2.- Un muchacho con una bicicleta de ruedas gordas.
3.- Una señora con su bolso.
4.- Un señor con una maleta de buen tamaño.
El matrimonio y un servidor, después de ver salir toda aquella tripulación del pequeño ascensor, nos quedamos asombrados y con la boca abierta, porque nos resultaba difícil entender cómo se habían podido estibar en aquel reducido espacio cuatro personas, una carretilla bien cargada, una bicicleta y una maleta con ruedas.
Como resulta lógico, las tres personas que bajamos al andén en el pequeño ascensor lo hicimos comentando aquel récord de capacidad y prodigio estibador. (Para los que no conozcan este verbo, les diré que estibar significa apretar materiales para que ocupen el menor espacio posible).








