
Vestido con uniforme de gala y tocado con el característico kepi de los gendarmes, Larroudé se cuadró y saludó militarmente ante el Tribunal Especial de lo Criminal de París cuando fue llamado a declarar. Minutos después estaba desnudo de cintura para arriba con el fin de mostrar a la sala las huellas aún visibles en tronco y brazo de los impactos de la munición checa del calibre 9 milímetros parabellum recibidos la tarde del 28 de noviembre de 2001 junto a una carretera comarcal bearnesa. El juez Yves Jacob, presidente de la corte, con un gesto de la mano le hizo ver que no era necesario que repitiera la operación con la herida en un muslo.
En un momento dado el gendarme vascofrancés, nacido hace 39 años en Mauleón -capital de Zuberoa- se giró hacia el banquillo de los acusados con los brazos extendidos y el torso al desnudo con las secuelas. Ni 'Susper' ni su co-inculpado, Agustín Figal 'Biskor', rompieron el silencio sepulcral que envolvió la solemnidad de una secuencia seguida con especial interés por los destacamentos de la Gendarmería destinados en el Palacio de Justicia parisiense.
«No soy gendarme»
«Llevo el uniforme, pero no soy gendarme. Entré en la Gendarmería por el gusto de la acción y por ayudar a la gente. Ahora estoy en un destino administrativo, lejos del terreno. No es el oficio que yo quería hacer. Es una frustración completa», relató el agente, que admitió el consumo de antidepresivos. «Cuando sabes que estabas en tierra y han tratado de rematarte cobardemente, haber vivido eso es horrible», testimonió.
El herido, que no llegó a sacar su arma reglamentaria de la cartuchera, recibió los dos últimos disparos cuando estaba caído en la cuneta, según la acusación. «En el suelo soy inofensivo. Pero vació el cargador sobre mí. ¿Por qué? No lo entiendo», reflexionó en voz alta. Tras un mes de hospitalización, la primera semana en coma, vivió obsesionado por la idea de que los etarras, entonces huidos, «iban a venir a rematar el trabajo». «Cuando 'Susper' se escapó de la comisaría de Bayona (a finales de 2002), fueron momentos difíciles para mí, mi familia y mi seguridad», dijo.
Larroudé, que se sintió agonizar y estar a un paso de la muerte, declaró que ya no es la misma persona, que sufre estrés y dolores. «Yo era muy deportista. Jugaba a la pelota, hacía footing... Hoy me contento con la natación para rehabilitarme», expuso el gendarme, de fuerte corpulencia, que está personado en la causa como acusación particular.
Sin tiro de gracia
Como había mantenido a lo largo de la instrucción sumarial, Fernández Iradi reiteró que abrió fuego porque «pensé que iba a matarme». Insistió en que, cuando disparó a su víctima en el suelo, estaba «en movimiento» e «hizo varias veces además de coger su arma». Luego se acercó al gendarme, ya «completamente tumbado», constató que «estaba vivo pues respiraba profundamente» y se marchó sin asestarle el tiro de gracia en la cabeza. El juez Yacob recordó que una de los proyectiles rozó el ojo izquierdo, con trayectoria desde el párpado a la frente.
El ex jefe militar de ETA afirmó que llevar la pistola presta a disparar con una bala en la recámara «es una consigna de la organización». Figal puntualizó que esa práctica no obedece a una finalidad deliberada «para hacer frente a las fuerzas de seguridad francesas". «Jamás ETA ha dicho eso, en ningún comunicado ni escrito», remachó 'Biskor', quien aseguró que «la guerra sucia contra nuestros militantes no se acabó con los GAL y todavía existe en forma de secuestros y torturas».






