Maduro

ENRIQUE PORTOCARRERO

No es que Mike Oldfield sea ya una 'estrella' de la música contemporánea, francamente, pero al menos se le debe reconocer todavía su doble virtud de artista popular y permanentemente experimental. Algo realmente milagroso, sí, tanto por la fugacidad del éxito y la fama en el mercado actual de la música, como por la dificultad de mantener la popularidad y un constante ánimo experimental durante casi treinta y cinco años de carrera.

Evidentemente, en ello tiene mucho que ver la calidad compositiva de un músico que ha sabido adaptarse a las corrientes de cada momento, buscando también soluciones de tecnología instrumental e inspiraciones en paralelo con la cultura y la sociología contemporánea. A saber, Oldfield no sólo es un histórico del rock sinfónico y un pionero aplicado de los sintetizadores, las cajas de ritmos y los loops, sino también un defensor de la integridad y la superioridad instrumental frente a los excesos cibernéticos.

De igual manera, su afinidad inicial con el folk le ha convertido en un dominador de los ritmos étnicos y hasta de la World music. Hablamos ahora de un compositor maduro y todavía popular, que hace una música contemporánea y sinfónica, pasada por un chill out medio hipnótico, con coros de calidad, formidables arreglos instrumentales e influencias multiculturales. Casi nada.

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