
En la estacada dejaba al empresario mormón Mitt Romney, que apenas la semana pasada incorporó a la hija de Dick Cheney a su campaña para asesorarle en política exterior. El mismo puesto que tuvo Condoleezza Rice en la campaña de George W. Bush de 2000. El fichaje certificaba que el aparato del partido está con el ex gobernador de Massachussetts, que pretende ganar las elecciones a golpe de talonario, y seguirá en la contienda mientras le queden fondos en la cuenta corriente. Sólo en Florida, durante las tres semanas que precedieron a las primarias del martes se dejó 3,5 millones de euros, frente a los poco más de 250.000 que invirtió McCain.
No es de extrañar que el veterano de Vietnam triunfase especialmente entre los que están en desacuerdo con el Gobierno de Bush, de los que obtuvo el 45% de los votos. Florida era una prueba de fuego para McCain, aupado en New Hampshire por el apoyo de los independientes. En el soleado exilio cubano sólo la base del partido tenía voz. Para poder votar era necesario llevar al menos un mes registrado, mientras que en los estados previos bastaba con declararse independiente o incluso registrarse sobre la marcha.
Cierre de Guantánamo
Los más conservadores siguen sin aprobar el ideario político de McCain, que condena la tortura y promete cerrar Guantánamo, pero respetan profundamente su integridad moral y su experiencia militar. «La verdad es que yo soy muy de derechas, y McCain resulta demasiado liberal para mí», confesaba Francisco Panela, un español cubanoamericano que votó por él e incluso acudió a su celebración para vitorearle ardientemente. «Él tiene el apoyo de la mayoría del exilio porque pensamos que va a ser un presidente fuerte que, por lo menos, mantendrá el embargo. Yo a Osama (por Obama) no le votaría jamás. Dice que fue musulmán y cristiano, pero estuvo en una de esas escuelas en las que enseñan a los niños a ser terroristas» (uno de los bulos que circulan por Internet).
Su liderazgo al frente de los republicanos es la peor pesadilla para los demócratas, dada su fama de rebelde capaz de trabajar con los dos partidos y arañar votos de ambos. Como Barack Obama lo es para sus seguidores. «Que no gane, por favor, que se lleva a los indepen- dientes por los que vamos nosotros», suplicaba en medio de la euforia Charlie Delano, un 'broker' de 35 años que había pedido días libres en Wall Street para apoyar a McCain en Florida. «Pero no va a ganar, nosotros ya descubrimos en 2000 que es muy difícil ir en contra del 'establishment' del partido». «¿Y los Kennedy?», se le pregunta. «Demasiado tarde», sonríe.
Republicanos y demócratas coinciden en alabar la honorabilidad de McCain, uno de los pocos senadores que tiene un hijo sirviendo en Irak -Jimmy, de 19 años- sin que jamás lo haya utilizado en sus mítines. De hecho, pocos electores lo saben. Su despliegue con los marines no le hizo cambiar de opinión sobre la presencia americana en esa contienda. McCain se enfrentó a su partido desde el principio al criticar la estrategia de Donald Rumsfeld de invadir Irak con la cuarta parte de los soldados que se utilizaron para la primera guerra del Golfo, y más tarde con la opinión pública al defender una escalada de tropas cuando la contienda se había vuelto impopular.
«La gente siente que es honesto y confía en él», decía Wendy Dean, una ama de casa de 40 años que acudió a su celebración. «Si ha podido ganar Florida, con lo reñida que estaba, ganará la nominación. La gente entenderá que es el único republicano que puede llegar a la Casa Blanca este año».
Primero tendrá que pasar la semana que viene la prueba del Supermartes, donde compiten veintidós estados y puede al fin sentenciarse la competición por la que aún pelea también Mike Huckabee, que pese a ganar la primera batalla en Iowa ayer terminó cuarto en Florida, detrás de Rudy Giuliani, ya retirado.






