Una, me cuesta ver una alianza estratégica entre ACS y EDF para atacar a Iberdrola. Dos, me cuesta creer que EDF, una empresa semipública francesa, se lance a la aventura de una OPA hostil sobre la primera empresa eléctrica española. Tres, dudo de que lo haga en pleno proceso electoral, con un posible cambio de Gobierno que llegaría justo en mitad del proceso mercantil. ¿Se imaginan qué bonito sería verle a Pizarro, vestido de ministro de Economía, dirimiendo la contienda? Cuatro, supongo que los servicios europeos de la Competencia tendrían algo desagradable que decir al respecto. Si esta fusión no es capaz de provocar abolladuras a la legislación en vigor, ¿cuál lo hará? En resumen, me parece inverosímil una operación de esta envergadura y de carácter hostil. En contra de la dirección y con la enemiga del Gobierno, sus posibilidades de supervivencia serían mínimas.
Si desde las hostilidades pasamos a los acuerdos, ahí cabe todo un mundo de posibilidades. Las intenciones de expansión mutuas son importantes y han sido comunicadas a analistas e inversores. Los planes de generación son 'dispares': En España seguimos negando la energía nuclear, en Francia la apoyan con fervor y las infraestructuras de interconexión entre ambos países, que ahora restringen los intercambios de energía hasta casi impedirlos, van a ser desarrolladas. En efecto, ahí sí que hay cartas para jugar. Y son buenas bazas.






