¿Saben ustedes cuántos bancos había en aquella villa de finales del XIX? Pues exactamente cuatro: El Banco de Bilbao, en la plazuela de San Nicolás; el Banco de España en la calle del mismo nombre (antes del Matadero); el Banco de Comercio, que estaba en la calle de la Estación (hoy Navarra); y el 'Union Bank of Spain y England Ltd', situado en la calle de la Estufa. Y pare usted de contar.
¿Y qué tal andaba de puentes aquella villa chiquita? Pues pudiéramos decir que tenía casi los mismos puentes que bancos. Cuatro bancos y cuatro puentes «y medio» que cito seguidamente: el de San Antón, el de San Francisco, el de La Merced y el de El Arenal. A estos cuatro puentes se añadía el de San Agustín (donde hoy está el Ayuntamiento), una pasarela peatonal y giratoria conocida popularmente como puente del «perro chico» que era el precio (cinco céntimos) que cobraban por atravesarlo.
Sólo cuatro puentes «y medio», porque en realidad el Bilbao de aquellos años no necesitaba más y de ello puede dar fe el curioso plano de la villa que se incluye al final de la guía. Un plano que viene a ser menos de la mitad del actual, porque sólo aparece edificado desde el Casco Viejo hasta la calle Alameda de Recalde, que entonces, por lo que veo, ni siquiera tenía nombre.
Esta calle venía a ser como una frontera urbana. Hasta allí todo construido y a partir de allí, todo en blanco. Bilbao terminaba en Alameda de Recalde y el resto eran «campos de soledad» adornados tan sólo por el parque, que, a modo de oasis, ofrecía el aliciente de una bonita excursión para los que se aventuraban a hacerla.
¿Eran aquellos bilbaínos más felices que los actuales? Yo me atrevería a decir que no. Me atrevo a decir que ninguno de aquellos paisanos nuestros que pudiera vivir una temporada en el Bilbao actual con todo su ruido y ajetreo motorizado desearía volver a su tranquila y apacible villa. Así lo digo y en ello me apostaría la hijuela.








