
Para las autoridades de Liubliana, la capital, se trata, naturalmente, de una puesta de largo en toda regla. El primer ministro, Janez Jansa, líder del Partido Democrático Esloveno, no dudó en calificar la ocasión como «uno de los desafíos más importantes que Eslovenia ha afrontado desde su independencia, en junio de 1991», cuando, a comienzos de año, se produjo la transferencia formal de poderes de Lisboa, que había desempeñado la función durante el semestre precedente.
La verdad es que la presidencia eslovena de la UE es un momento débil en el proceso de construcción europea, porque el peso político y económico del país es insignificante. Se trata, ciertamente, del socio más próspero de entre los recientemente adheridos, miembro del euro, con una renta per cápita (expresada en paridades de poder de compra) del 89% de la media comunitaria y un producto nacional bruto (PNB) que se ha triplicado en los tres últimos lustros. La tasa de actividad de su población activa es del 66,6% (el de la UE-27 se situó en el 64,4% en 2006), el déficit de su balanza por cuenta corriente equivale al 2,5% del PNB, y ese es, también, el porcentaje de su modesta inflación. Es, por lo tanto, un alumno aventajado de la última oleada de adhesiones a la UE, como era perfectamente previsible cuando, a comienzos de la década pasada, Alemania quebró la unidad de la acción exterior europea, apostando abiertamente por la independencia del país, y de Croacia, restos ambos del imperio austro húngaro, del colage que componía la Yugoslavia nacida en 1918 y que salió reforzado tras la Segunda Guerra Mundial, en el que Serbia, eslava, desempeñaba el papel hegemónico.
Las guerras yugoslavas de la pasada década, en las que Eslovenia sólo se vio accidentalmente implicada durante una decena de días, son invocadas estos días por los cancilleres europeos como la consecuencia de una desunión europea a evitar a toda costa ante lo que, con certeza, constituye el reto más importante que las autoridades de Liubliana, la UE y la comunidad internacional en su conjunto, van a tener que gestionar durante este semestre: la previsible independencia de Kosovo.
Proximidad
Puede ser una coincidencia feliz que Eslovenia sea la responsable de instrumentar la política europea sobre Kosovo estos próximos seis meses. Cuenta con un conocimiento detallado del problema, unas relaciones de proximidad con todos los actores políticos concernidos y una experiencia que le van a proporcionar el toque fino que a otros les faltaría, al abordar el caso.
De todos modos, el país que preside Danilo Turk no va a poder improvisar ni, desde luego, cambiar la partitura que Europa se ha dado ante el embrollo kosovar. El guión apunta a una independencia supervisada de Kosovo «antes de junio», como precisaba el primer ministro esloveno, lo que entrañará, simultáneamente, una oferta de adhesión acelerada a la UE para Serbia y, también, para la provincia secesionista de mayoría albanesa.
El primer ministro serbio, Vojislav Kostunica, rechaza el trueque pero las élites pro europeas serbias le han recordado su fragilidad en el puesto y el hecho de que su eurofobia no es compartida por la inmensa mayoría de la población.
De una u otra manera, Serbia afrontará un momento delicado cuando el próximo día 28 los ministros de Exteriores de la UE, bajo presidencia del canciller esloveno Dimitrij Rupel, se reúnan en Bruselas para firmar con Belgrado un Acuerdo de Asociación y Estabilización. Se trata de un paso previo a la plena adhesión, para la que no existe fecha. La ocasión es visualizada como el momento para un cambio histórico en Serbia, que celebra, además, elecciones el 20 del mes en curso con una segunda vuelta prevista para el 3 de febrero.
Janez Jansa insiste estos días, sin salirse del guión, sobre la perspectiva europea de Belgrado, pero el país tiene que conjurar muchos demonios internos, en particular la ruptura con el pasado genocida al que le atan aún el general Mladic y el ideólogo del panserbismo bosnio Karadzic, ambos prófugos de la justicia internacional.
La asignatura pendiente de Serbia y Kosovo no es la única aspiración en los Balcanes occidentales de la presidencia eslovena: Liubliana va a esforzarse por afianzar la perspectiva europea de este viejo pudridero de Europa. La lista es amplia: Croacia negocia ya su adhesión, Montenegro tiene suscrito un acuerdo de Asociación y Estabilización, Macedonia es candidato formal a la adhesión, y Bosnia y Herzegovina tiene que firmar su propio TAE. Todos ellos son considerados por las autoridades de Liubliana como objetivos de su política exterior pro europea, pero Europa, cuyos principales socios han asumido la necesidad de estabilizar los Balcanes occidentales, no tiene todavía claro el ritmo al que el proceso debe ser acometido.






