
Desde el aire, el sur de China aparece como una alfombra salpicada aquí y allá de complejos industriales de todos los tamaños y colores, con denominaciones en un sinfín de lenguas. Si se cumplen las expectativas, para 2010 el país producirá cerca del 40% de todo lo que se consume en el planeta, y posiblemente sea el primer exportador del mundo, por delante de Alemania. Detrás de los datos macroeconómicos se esconde la realidad de cientos de millones de obreros que son, en gran medida, los que hacen posibles tan espectaculares estadísticas. Suponen una cantera casi infinita de mano de obra barata y sufren la aplicación laxa de unas leyes laborales que el Gobierno muestra al mundo como bandera de su lucha contra la explotación laboral. EL CORREO ha entrado en varias fábricas chinas para descubrir de primera mano las condiciones de estos trabajadores de los que se preserva la identidad.
A Chen Ming ya le gustaría utilizar en su trabajo los guantes que produce su empresa para los obreros de medio mundo, incluida España. Su catálogo es impresionante y el 'showroom' podría ser el de cualquier fábrica occidental. Muebles elegantes, vitrinas equipadas con los últimos avances de iluminación, y un 'look' futurista que se apodera de la habitación que contiene las muestras. Ming jamás ha entrado en la sala que suelen visitar los clientes extranjeros. Está confinado al área del pabellón en el que se corta el material. Pasa entre diez y catorce horas diarias sentado en un taburete de madera, sin ningún tipo de medida de seguridad, frente a la mesa en la que da forma al cuero y el plástico. Su salario nunca supera los 90 euros al mes, y de ahí la empresa deduce el costo del camastro en el que duerme, en un dormitorio que comparten quince trabajadores y varias decenas de cucarachas, y el de la comida que se le ofrece en la escueta cantina de la fábrica, generalmente un bol de arroz acompañado de vegetales y el ocasional trozo de carne.
«Y somos afortunados»
Los de Ming y Mei no son casos aislados, sino la norma. De hecho, se consideran afortunados. «Tengo un sueldo que me permite enviar a casa, en Anhui, unos 300 yuanes al mes (30 euros), y libro cuatro días al mes», comenta Ming, que hace casi dos años que no ve a su familia. Sólo tiene vacaciones durante el año nuevo chino, y el del año pasado lo invirtió en un pedido urgente para un importador de Estados Unidos. Le pagaron 5 yuanes (50 céntimos de euro) por hora, paga que en su opinión «compensaba no visitar a los familiares». Mei reconoce que la situación en las empresas extranjeras, como la suya, aunque nada maravillosa, es mejor que la de las locales. «Las jornadas generalmente no superan las diez horas y no se nos multa por el material que desaprovechamos por algún error. En las compañías chinas, los obreros son tratados a veces peor que los animales».
Los guantes que salen en contenedores de la fábrica de Ming multiplican hasta por quince su precio en destino. Por el camino quedan pingües beneficios para el propietario chino de la fábrica, la naviera que traslada el producto, el transportista local en el país de destino, el propietario de la empresa importadora y quien finalmente expone los guantes en una tienda. El sueldo mínimo de los involucrados en el proceso es diez veces el de Ming.
Industria juguetera
En la provincia de Zhejiang, en el centro este del país, se encuentra el segundo polo industrial de China y uno de los principales núcleos de producción de juguetes del mundo. Yiwu, doscientos kilómetros al sur de Shanghai, es el centro en el que hacen sus compras mayoristas de todo el planeta, sobre todo de aquellos países en los que la regulación no es tan estricta como la europea o la estadounidense. Pero también hay importadores españoles, generalmente de origen chino. De aquí salen los peluches y juguetes eléctricos que copan las estanterías de los bazares de nuestro país y cuya calidad, en muchos casos, no cumple los estándares. Sus precios en fábrica oscilan entre los 20 y los 70 céntimos de euro. Aun así, es un gran negocio.
Gracias a trabajadoras como Huei Ping, una joven de 24 años que emplea entre 11 y 16 horas zurciendo corazones rojos que llevan bordado 'te amo' en letras doradas. Los veremos en España por San Valentín, y su precio será unas doce veces superior al de la fábrica. Ping es una de las 45 empleadas que la empresa tiene en un edificio de ladrillo rojo en el que ningún distintivo lo identifica como una fábrica. De hecho, no tiene los permisos necesarios para la actividad que esconde en su interior, pero no importa, el propietario tiene buenos contactos en la cúpula del Gobierno provincial. Así, tampoco tiene que pagar Seguridad Social e impuestos por la mayoría de sus trabajadoras. El año pasado, él se embolsó unos 100.000 euros.
Pero esa cantidad no parece ser suficiente para instalar un par de estufas en las habitaciones en las que trabajan sus empleados, que soportan temperaturas cercanas a cero y se ven obligados a llevar varias capas de jerseis. Ni en los dormitorios en los que duermen, situados en la cuarta planta y a los que no tenemos acceso. «Peor es en verano, cuando se superan los 35 grados y no tenemos aire acondicionado», explica una trabajadora. Además, como sucede en la mayoría de casos, no cuentan con seguro alguno que cubra sus gastos médicos. El año pasado murieron casi 130.000 trabajadores en China.
La mayoría de accidentes mortales se concentra en la industria pesada y en la construcción, actividades en las que la falta de medidas de seguridad es evidente. Los obreros caminan incluso descalzos por andamios de bambú y en sectores como el químico muchos cuentan con una simple mascarilla de papel como protección contra gases nocivos. De ahí que su esperanza de vida pueda ser, incluso, quince años menor que la media.
Pero la industria es golosa para los campesinos: su sueldo puede multiplicarse hasta por cuatro. Ahí radica la razón de que muchos dejen las zonas rurales en busca de empleo en la costa este del país, la estrecha franja que representa el 'sueño chino' y que hace frente a un nuevo problema: el éxodo rural.
Abusos sexuales
Xiao Xiao sólo tiene 17 años. Es la esperanza de su familia. Hace tres meses que dejó su poblado en la provincia occidental de Qinghai para embarcar en un tren que la ha llevado a 2.500 kilómetros, hasta Guangzhou, capital de la provincia de Guangdong. Ha oído hablar de jornadas de veinte horas y pagas ridículas, castigos físicos y abusos sexuales, pero sigue convencida de que cerca de Hong Kong le espera una vida mejor que en el desierto del que procede. Busca empleo en uno de los muchos 'mercados de trabajadores' de las zonas industriales. Y lo encuentra en un solo día. Ganará 65 euros cosiendo pantalones en una fábrica china que abastece las tiendas locales y la empresaria retendrá el sueldo de su primer mes como medida cautelar. «No me importa, porque en Qinghai ganaría la mitad».
Diez veces lo que recibe al mes un obrero de la provincia de Xiao es lo que se lleva a casa un taxista de Shanghai, según datos oficiales. Hasta el Gobierno se ha escandalizado ante las condiciones laborales del gremio, afectado por la subida del precio del petróleo, que no puede, por ley, reflejar en sus tarifas. Según las autoridades de la capital económica china, los taxistas hacen una media de 18,4 horas diarias al volante. De ellas, dos tercios destinados a pagar alquiler de vehículo y tasas. De lo que queda sale sueldo y carburante. El diario oficial 'Shanghai Daily' refleja las quejas de un conductor: «Es un trabajo extenuante que espero que mi hijo no tenga que desempeñar jamás». Muchos conductores reconocen dormirse al volante en ocasiones y, aun así, tener graves dificultades para mantener a sus familias.
Sin embargo, la ambición china se contagia desde los líderes hasta los campesinos. Las expectativas de gente como Xiao alimentan el 'boom' económico de China. «Deng Xiaoping dijo que primero se harían ricos unos y luego el resto», recuerda la joven emigrante. «Tenemos que sacrificarnos para que llegue nuestro turno, pero llegará. Por eso no me importa trabajar sin descanso. Espero que mis hijos vivan mejor. Ese es mi objetivo».






