
Hace seis años, la histeria provocada por los terribles atentados del 11 de septiembre hicieron que la Administración Bush se dispusiera a crear un centro penitenciario en la Bahía de Guantánamo, un lugar fuera de la ley y del escrutinio popular para retener a los conocidos como los «combatientes enemigos ilegales» detenidos para hacer cesar las hostilidades dentro de la conocida como «guerra contra el terror». Sin abogados, sin derechos y, por supuesto, anulando cualquier referencia a las Convenciones de Ginebra, esta cárcel se convirtió rápidamente en el nuevo hogar de «los más peligrosos y viciosos asesinos sobre la faz de la tierra», según declaraciones del ex secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld. En un tono menos tremendista, el presidente Bush siempre se ha referido a los presos como «mala gente».
Al poco tiempo de su inauguración, 'Gizmo', como se conoce a la prisión a este lado del Atlántico, acogió a 778 prisioneros en sus entrañas. Por supuesto, pronto comenzaron a filtrarse informaciones sobre las técnicas de interrogación a las que buena parte de los detenidos fueron sometidos. Desde aislamiento prolongado hasta humillaciones de tipo sexual y religioso para conseguir que los malhechores cantasen información sobre sus terribles planes.
Sin embargo, según reconocía a 'The Wall Street Journal', el brigada general, Jay Hood, comandante en Guantánamo durante varios años, «algunas veces no encarcelábamos a los tipos adecuados». A día de hoy se conoce que sólo un pequeño porcentaje de los cerca de 275 detenidos, entre los que también hay menores de edad, en el centro fueron apresados realmente por haber formado parte de la guerra contra EE UU. Al contrario, muchos explican que la mayor parte de presos fueron vendidos por distintas tribus y, a continuación, inmiscuidos en una batalla que dio con sus huesos en Cuba.
Mancha moral
Guantánamo ha supuesto una profunda mancha en la moral de EE UU en todo el mundo. La prueba viviente de la alegalidad que se respira en las celdas de esta prisión está representada por el australiano David Hicks, que ayer pedía, a través de su progenitor, encarecidamente el cierre de este centro. Hicks estuvo encarcelado durante cinco años y medio en Guantánamo sin cargo evidente hasta que decidió declararse culpable de haber provisto de material a los terroristas hace aproximadamente un año.
Tanto congresistas como candidatos presidenciales republicanos, como John McCain, así como actores o la Unión de Libertades Civiles de América, exigen el cierre de la prisión y se unen así con la voz internacional que piensa que Guantánamo debe dejar de ser el centro de torturas del Gobierno de EE UU.






