
Bush se marchaba dejando tras de sí el esbozo de su «visión» de un acuerdo de paz. Una fórmula plegada a los intereses de Israel, que exige el fin de la ocupación, pero con «ajustes» suficientes para que se mantengan las grandes colonias y sin retorno de los refugiados palestinos, sobre la que ahora deberán trabajar los equipos negociadores. Pero el inquilino de la Casa Blanca se iba también habiendo discutido en las mesas de trabajo con los aliados hebreos al menos dos cuestiones trascendentales para avanzar en ese proceso, que, en principio, deberían verse como las primeras consecuencias sobre el terreno de su visita.
La primera de ellas, el inicio de una operación militar en Gaza para derrocar a Hamás. Según publicaba ayer el diario judío 'Yedioth Ahronot', Bush habría dado a entender que su Administración respaldaría una incursión armada en la Franja para quitar de en medio a Hamás, sin importar que estén en curso las conversaciones con la Autoridad Nacional Palestina. El jueves, durante la entrevista en la Mukata, el presidente de EE UU ya reprochó al al líder palestino Mahmud Abbas que no tuviera controlado este territorio. Pero la caída de varios cohetes Qassam en suelo israelí durante su visita, y las persuasivas explicaciones del ministro de Defensa, Ehud Barak, acerca del modo en que esos disparos tienen al Gobierno de Israel «bajo presión», habrían llevado al mandatario norteamericano a señalar que su Administración no será un obstáculo para una incursión a gran escala en la Franja.
Críticas del Shas
Bush también tuvo que oír al ministro de Industria y jefe del partido ultranacionalista Shas, Eli Yishaj, que su formación «no hará la paz con la mitad de la nación palestina, mientras Abbas no controle Gaza». El presidente de EE UU planteó la que sería la segunda cuestión para garantizar la marcha del proceso de paz que está impulsando. Bush tuvo que dirigirse al mismo jefe del Shas que estaba poniendo condiciones al avance de una solución del conflicto, y al del no menos ultraderechista Avigdor Lieberman, para que apoyen a Ehud Olmert.
El primer ministro, una vez enrolladas las alfombras y finalizado el boato ofrecido a su huésped de lujo, tiene ahora sólo tres semanas para prepararse ante lo que puede ser una lucha sangrienta por su propia supervivencia: el informe final de la Comision Winograd que investiga las responsabilidades en la guerra de Líbano de 2006, y que amenaza con tumbar su Ejecutivo.
«Cuidad a Olmert, para que permanezca en el poder -instó Bush- es un líder fuerte. La política israelí es como el karate, nunca sabes de dónde va a venir el siguiente golpe». Si la presión de Bush es suficiente o no, se verá a finales de mes. Lo cierto es que, ahora que Olmert se ha comprometido a discutir los asuntos centrales del conflicto con los palestinos, el presidente de EE UU ha dejado claro que no puede permitir que la derecha de Benjamin Netanyahu ocupe el Gobierno.






