
«Se nos ha quedado pequeño el barco y hemos tenido que habilitar un gimnasio para los que no cabían -anunció el candidato al subir al escenario- pero prometo pasar a veros cuando termine». Su promesa, y la enorme curiosidad que desata su reciente éxito, sirvió para que cientos de personas se conformaran con oírle por los altavoces desde la habitación contigua, preparando las libretas de autógrafos para guardarse un pedazo de la historia.
«Sed honestos, ¿cuántos de vosotros seguís indecisos?», preguntó a la audiencia. La muchedumbre alzó la mano. «¿Uf!», se le escapó a Obama. «Nos queda mucho trabajo por hacer». La inusual cercanía de fechas que este año aproxima los 'caucus' de Iowa de las primarias de New Hampshire le dan poco margen para capitalizar la victoria lograda y conquistar a los escépticos, pero varias encuestas le situaban ya ayer empatado o a la cabeza de unos comicios que hasta la semana pasada lideraba rotundamente la ex primera dama estadounidense.
CNN/WMUR otorgaba 33 puntos a Obama y a Clinton, mientras que The American Research Group ponía la esperanza negra doce puntos por encima (38-26). A medio camino entre las dos, MNSB reducía la ventaja a 33-31, lo que indicaba que como mínimo la batalla está más cerrada que nunca, y para la senadora es a vida o muerte. David Brooks, columnista de 'The New York Times', asegura que lo que los Clinton se juegan mañana en New Hampshire no es ni más ni menos que la supervivencia de su dinastía.
Por eso el sábado, en el último debate en el estado de Nueva Inglaterra, la senadora perdió la calma fría que la caracteriza. «Bueno, ¿cambio, cambio, hacer el cambio ! Espérate un minuto, quiero responder a esto», ordenó exasperada. «Hacer el cambio no consiste en lo que crees. No se trata de dar un discurso, sino de trabajar duro. Hay 7.000 niños en New Hampshire que tienen seguro médico porque yo ayudé a crearlo. Hay 2.700 reservistas que gozan de atención médica porque yo trabajé con el otro partido para impulsar esa legislación por encima de la amenaza de veto del presidente Bush. Yo quiero cambiar las cosas ¿pero es que ya las he cambiado! No me presento con promesas de cambio sino que llevo 35 años cambiando las cosas, enfrentándome a las farmacéuticas, a las petroleras, a las compañías de seguros ».
Frustrada letanía
Se hizo un silencio en el debate y nadie contestó a la desesperada letanía que decía más de la frustración de la senadora por Nueva York de lo que ella misma pretendía. «Es obvio que está frustrada porque cree que no se le está reconociendo el trabajo de toda su vida y sin embargo se le está dando crédito a alguien que tiene muy buenas intenciones pero que nunca ha hecho nada», interpretó Peter Josephson, profesor de política de la Universidad de San Anselmo donde se celebró el debate.
Clinton incluso aludió por primera vez a la baza femenina que nunca antes había explotado directamente, dispuesta como estaba a demostrar que era una más entre los muchachos. «Soy un agente de cambio, encarno el cambio mismo. Creo que tener por primera vez a una mujer presidente ya sería un cambio enorme», clamó.
Y cuando el presentador le leyó las conclusiones de una encuesta en la que a ella se la reconocía más experiencia pero que decía que Obama despertaba más simpatías, no pudo evitar un puchero. «Eso hiere mis sentimientos», protestó con una débil sonrisa. «Él es muy agradable, pero creo que yo no soy tan mala». Tanta ternura inspiró en ese momento la hasta ahora impenetrable senadora que Obama acudió al rescate. «Eres suficientemente agradable, Hillary», la consoló.
Desde la tribuna, su hija Chelsea la observaba con atención, lanzándole intensas miradas de apoyo. Bill Clinton era el único consorte ausente, prueba de la necesidad de distancia que demanda el mensaje de cambio por el que han apostado ya los votantes de Iowa.






