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Política

POLÍTICA
Ficciones terroristas (Florencio Domínguez)
06.01.08 -
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Los actuales dirigentes de ETA andan flojos de memoria. En sus tres últimas declaraciones -la entrevista de ayer y los comunicados del 2 de enero y del 15 de diciembre pasados- se han empeñado en presentar al ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, como miembro de los gobiernos de Felipe González en los tiempos del GAL. Incluso le han acusado de ser uno de los responsables de diseñar lo que la banda llama la «guerra sucia». Pero Rubalcaba no fue ministro hasta 1992, seis años después de que el GAL hubiera desaparecido.

La verdad histórica del GAL, sin embargo, no les importa lo más mínimo a los jefes de la banda. La ficción puede ser tan útil como la realidad. Lo único que pretenden con tanta insistencia es hacer creer a los suyos que el GAL es posible hoy en día porque el terrorismo contraterrorista resultó de máxima utilidad para ETA y su entorno. Le sirvió en su momento como factor de legitimación de su propio terrorismo, le ofreció una coartada ideológica para sus crímenes y fue un elemento de cohesión interna que aseguró un cierre de filas incondicional de su base social en torno a ETA y su violencia.

Ahora, esgrimiendo el espantajo del GAL, ETA busca mantener a sus seguidores encerrados en el gueto de respaldo a la violencia y persigue también justificar sus atentados, como el perpetrado contra la casa del pueblo de Balmaseda con el que parece abrir el camino a nuevos ataques contra los socialistas. Si existe la «guerra sucia», como dice ETA, volar una casa del pueblo y las viviendas de los vecinos se convierte, desde su punto de vista, en un acto de legítima defensa y no en un caso de terrorismo indiscriminado. La banda, al atacar al PSE, quiere provocar una quiebra entre la militancia de base y los dirigentes de este partido. Ataca a los afiliados de a pie, como ha ocurrido en Balmaseda, con la esperanza de que sean el eslabón más débil de la cadena, se sientan intimidados y, en consecuencia, presionen a sus jefes para que cedan ante las exigencias terroristas.

No es la primera vez que ETA emplea la violencia de esta manera: a mediados de los noventa, el entorno de la banda acosó a los batzokis del PNV -142 ataques en el trienio 95-97- para mantener a este partido presionado y obligarle a cambiar de estrategia política. Los ataques prácticamente desaparecieron en 1998 cuando el PNV firmó el pacto con ETA. La lógica etarra apunta a que si entonces la violencia fue eficaz, ahora también podría volver a serlo.

A fin de cuentas, ése es el esquema que los terroristas están dispuestos a aplicar contra las obras del Tren de Alta Velocidad: si la violencia paralizó Lemóniz y cambió la autovía del Leizaran, puede parar ahora la 'Y vasca'. Las concesiones del pasado, aunque sean parciales, alimentan el terrorismo presente.

f.dominguez@diario-elcorreo.com
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