En cuanto a la candidatura de Obama, se trataba de un negro en un país de blancos rústicos, acostumbrados a sufrir, y de jóvenes cabreados. Así que votaron, con música de U2, por el cambio. En ese ambiente, el senador afroamericano sonó más sincero que Hillary Rhodam Clinton, acostumbrada a soplar su aguja de marear y sobre la que el pasado pesa como una losa, comprometida tanto con la guerra de Irak que en su día llegó a parecerle una buena idea.
De Giuliani sabemos que no ha querido gastar pólvora en salvas y que pelará sólo asaltos decisivos, como Rocky Balboa. De este personaje, que guardó el culo de Bush 'en ausencia' mientras la morisma atacaba Manhatan, destaca su perfil humano, absolutamente llamativo en su formación conservadora: su padre se dedicaba a recaudar deudas y solía llamar a las conciencias olvidadizas con un bate de béisbol. De él ha escrito 'Newsweek' que sabe que la líneas que separa al santo del pecador es a veces «fina y borrosa». Ha hecho un gran trabajo en el Nueva York más oscuro para lo que se ha rodeado de chorizos.
New Hampshire aparece como nueva parada de postas, esta vez en un poblado blanco, por cuanto es lógico esperar que la amortización del voto sea de otra índole. Hasta Carolina del Sur, que va en tercer lugar en las contiendas por la nominación, no sabremos quién juega realmente con piezas blancas y quién con negras. De momento, la familia de 'iowense' se afirma partidaria del cambio y descabalga a Hillary porque es mujer, o porque es Clinton o porque no se fía. Y aunque ninguno de los resultados puedan extrapolarse, sí se ha cumplido la tesis de 'The Times' de que se habría votado a Obama con el corazón y no a Clinton con el cerebro. Aunque yo he perdido la memoria de la última vez que los estadounidenses votaron con el cerebro.






