En uno de sus grandes éxitos –‘Divina de la muerte’– las Azúcar Moreno mostraban su adicción a la moda de lujo. La letra no tiene desperdicio: ‘Hoy me he levantado de guapo subido. Llama a John Galliano, que me haga un vestido. Zapatos de Dior, medias de Moschino y, para esta noche, quiero un Valentino. Joyas de Cartier y botas de Versace. Traje de Armani, bolso de Fendi, perfume Escada, y de Cavalli enamorada. Gafas de Gucci, bolso de Prada y vestidito Dolce & Gabbana. Te lo juro por Louis Vuitton, que contra la depresión, quema la Visa, vive deprisa. Esta es la solución. Yo soy una chica con suerte...’
La ‘solución’ en Bilbao viene de la mano de tres tiendas de ensueño, basadas en el negocio de la multimarca. Un coto inaccesible para la mayoría de los ciudadanos. Son tiendas caras, realmente caras, pero cargadas de clase. ¿Reservadas para una minoría? «Nos dirigimos a todos», afirma Mariana Echegoyen, copropietaria de la tienda del mismo nombre, junto a María Ruiz Aizpuru. Ambas visten a sus clientas de Prada, Marni, Lanvin, Paul Smith, Marc Jacobs, Stella McCartney... Veritas es el clásico por excelencia. Su dueña, Isabel Fica, es la pionera de un mundo «más que de lujo, de calidad». Comenzó hace cuarenta años en el negocio junto a su difunto marido, Ramón Armentia, vistiendo a los más pequeños, incluidas las infantas de España. Se enorgullece de haber introducido en la ciudad el estilo de Jil Sander, Calvin Klein, Donna Karan, Armani, Etro, Valentino...
E Idrisi –propiedad del belga Ali Idrisi– es el paraíso con el que sueñan, desde hace seis años, los hombres interesados en las grandes marcas: Etro, Dolce&Gabbana, Yves Saint Laurent, Gucci... Un mundo en el que casi todos sus clientes enloquecerían de alegría si acabasen encerrados en sus boutiques.
«Ánimo y seguridad»
Pero, ¿qué tiene el lujo para seducir tanto y a tanta gente? ¿Por qué somos capaces de dejarnos enormes cantidades de dinero en algo tan efímero como la moda y que pasados unos meses puede caer en el olvido? Y, ¿cómo le sientan estas tiendas a una ciudad como Bilbao, a la que ni los mejores diseñadores son capaces de quitarle su barniz y fama de conservadora y tradicional en el vestir? «Mejor eso que las clientas salgan disfrazadas», advierte Arantza Fica.
Los responsables de estos tres establecimientos acudieron al debate convocado por EL CORREO para descubrir los entresijos de estos negocios. La coincidencia es unánime. Venden moda, pero «también exclusividad y seguridad». «Sólo primeras marcas», remarca Isabel Fica. Cuando las clientas abandonan sus tiendas, «sale por la puerta otra persona. Son prendas que ‘aportan’», subraya Mariana Echegoyen. Pero ¿quién entra a estos templos? No conviene fiarse de las apariencias, vienen a decir. «Muchas veces no son las personas con un mayor poder adquisitivo las que más consumen», enfatiza Ruiz Aizpuru. «Son mujeres normales que se gustan viéndose bien vestidas. Se sienten de esta manera más seguras y con un mejor estado de ánimo».
Pero ¿a estos clientes sólo les fascina el plus que aporta la influencia de lucir marcas de prestigio sin llegar a apreciar la creatividad de los diseñadores? Echegoyen mantiene que existen «‘mujeres-marca’» que disfrutan vistiéndose «con logos de los pies a cabeza». No todas. También «las hay» que le piden retirar las etiquetas de las prendas antes de estrenarlas. «Hay gente para todo». Pero, en general, el consumidor de esta moda aprecia la inversión. «Un traje de Jil Sander lo es. Es discreto, sobrio, construido con estilo y confeccionado con un tejido muy bueno», destaca Ali. «¡Siempre merece la pena gastarse el dinero en estas prendas», reitera el comerciante belga, que, como el resto, rehúye hablar de precios. «Esta ropa nunca se da. Se guarda en el armario. Y la calidad se nota. Puede aguantar ocho, diez, doce años...», asegura María.
Arrugas en la cara
Sin riesgo alguno. «Se pueden tener arrugas en la cara, pero así como un buen traje sin ellas no tiene precio, con arrugas resulta un horror», remata Isabel Fica que desmitifica la frivolidad que rodea al mundo de la moda. «Es un negocio muy duro», corroboran desde Echegoyen. «¡Qué divertido parece vuestro trabajo!, nos suelen decir. Arriesgamos todos los años grandes inversiones, cada vez que dejamos una marca es como un divorcio porque te encariñas de ellas, muchas veces apuestas por firmas que luego cuando las coges empiezan a bajar, los controles de calidad de las grandes casas de moda son rigurosísimos, te inspeccionan como Hacienda, y el famoso ‘efecto Guggenheim’ no nos aporta ventas extras», se lamentan. Es lo que tiene vivir del lujo. Por mucho que las Azúcar Moreno se muriesen por él.