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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 4 febrero 2012

Sociedad

SOCIEDAD
La sed y la amistad de Isidro y Fernando, el complicado amor de Inma y Manuel... Así es el día a día 'sin techo'

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La sed y la amistad de Isidro y Fernando, el complicado amor de Inma y Manuel... Así es el día a día 'sin techo'
CUCAMONAS. Manuel le demuestra su amor a Inma después de desayunar en el comedor de las Siervas de Jesús, decorado para la Navidad. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: BORJA AGUDO
Lo más cerca que estarán Isidro Sabino y Fernando Rodríguez de celebrar la Nochebuena es que se la pasarán dándole a la bota, María, que me voy a emborrachar. Nada especial, el vino nuestro de cada día. Aunque la versión del villancico en el siglo XXI cambie la pieza de cuero por el tetrabrick de cartón. En realidad, esta historia sobre cómo se las arregla la gente sin recursos para sobrevivir en la calle debería haber empezado por orden cronológico, por la mañana, pero dado que por la noche se armó la marimorena quizás haya que invertir el orden para dar una pequeña explicación.

Hubo bastante gente que el jueves vio a Isidro y a Fernando caminando, o intentándolo, por Alameda Urquijo a eso de las ocho de la tarde. Fernando iba más perjudicado, después de todo un día trasegando. Isidro era el que, observado desde fuera, le gritaba y le zarandeaba, aunque son amigos desde ¿siempre? y comparten el 'salón' de Arriquibar, en el centro de Bilbao, donde hace tantos años tejía aquella mujer que rebautizó la plaza como 'la de la loca', a la que cantaban Mocedades. Pero Isidro cuida de Fernando; es más, el otro día intentaba llevarle con él a un cajero para que no durmiera a la intemperie. Y sí, se enfadaba y le daba coscorrones, pero es que todos los días es la misma historia, así es la vida en la calle: Isidro no entiende que Fernando no coma casi nada, que sólo beba y beba sin sed. Además, es sordomudo, con lo que sus gritos y protestas asustaban a la gente, que veía más violencia de la que en realidad había. O al menos, así ocurrió el jueves. Al final entraron en el cajero, pero dentro continuó la discusión y llegaron los municipales. Les recomendaron, sin éxito, ir al albergue de Mazarredo, donde ya descansaban muchas otras personas en situación similar. ¿Quién sabe dónde acabó la pareja!

Mejor volver al principio. Doce horas antes, Isidro, de 44 años, y Fernando, de 59, se despiertan después de una noche durmiendo juntos en unas galerías comerciales. El primero, con sus cosas dentro de una gran bolsa de lona verde; el otro con una de Ikea, esa empresa que se anuncia con el lema 'Bienvenido a la república independiente de tu casa', donde él guarda la suya. Con su vida a cuestas, se trasladan unos metros, hasta su plaza, despacito porque Fernando tiene la pierna hecha polvo de un golpe que le dio una moto. Y como no se puede mover, allí se quedan todo el día, salvo esporádicos viajes de Isidro para comprar más vino en algún Eroski que no le tenga vetado por su mala uva.

En otro punto de Bilbao -donde hay casi 800 personas sin hogar-, en el comedor social de la calle Hernani, las Siervas de Jesus dan desayunos a todo el que se acerca, un centenar cada día. Una enorme jarra de café con leche, galletas, pan bimbo, yogur... Allí templa el cuerpo Alí Tabanghlat, un saharaui que llegó a España en 2004. Desde entonces le ha dado tiempo a aprender cómo se esnifa la coca y a pillar la tuberculosis, pero no a conseguir 'papeles', sólo lleva los que confirman su enfermedad. Quiere hablar con los periodistas, salir en las fotos: «La calle es mala, pero nunca he delinquido, sólo mendigo». Se acuerda de sus hijos, que viven en una jaima, y advierte de que para trabajar o regresar necesita ayuda. Le han dado cita en Proyecto Hombre, allí la encontrará.

El efecto 'replicante'

Frente a él, desayunan Inmaculada, ondarresa de 48 años, y Manuel Antonio Fonseca, portugués de 44. Novios y residentes dentro de una tienda de campaña en un monte bilbaíno. Inma siempre trabajó de interna cuidando a mujeres mayores hasta que, en 2005, se murió la última. «Coincidió con que tuve dos fuertes ataques epilépticos. No tenía familia y me vi en la calle. Pasé días durmiendo en el parque de Doña Casilda. Me sentía muy sola, muy sola». Y ahí apareció Manuel y se la llevó a su chabolita. Él la salvó sacándole la lengua antes de que se la tragara en otro de sus ataques y ella le correspondió arrancándolo de la heroína. «Al principio, por culpa de la droga, Manuel me maltrataba, me pegaba, pero eso quedó atrás y ahora estamos muy bien juntos». El amor en la calle también huele a almendras amargas, pero a veces es mejor que la insípida soledad.

A la hora de comer, Inma y Manuel, que se dio un golpe en la cabeza por un accidente y pasó un año en coma profundo -«mi madre fue a Fátima y al día siguiente me desperté diciendo 'mami, mami'»- volverán a su tienda y calentarán en un infiernillo una lata de verduras y algo de pescado, porque Inma no puede acudir a los comedores, le han dicho que tiene que tomar alimentos «muy limpios» por su enfermedad. De pronto, sale a colación la palabra «recuerdos», suficiente para que a la mujer se le quite el hambre y se ponga a llorar.

Es curioso el efecto que provoca esta palabra en la gente que vive en la calle -o la plaza- Melancolía. Da igual que éstos sean buenos o malos, reales o inventados; como replicantes de 'Blade Runner' se aferran a ellos para confirmar que siguen siendo uno de nosotros. De vuelta a la plaza, Fernando se ha puesto refunfuñón: «Ahora mismo estoy de mala hostia porque tengo mi cabeza llena de recuerdos». Cuenta que fue «jefe de los cuerpos especiales», que estuvo «en Angola, Nicaragua e Israel», y que por eso tiene cuatro balazos en el muslo. También informa de que ha trabajado en la hostelería y de que le gustaría volver a hacerlo». Luego se acuerda de su mujer: «Murió hace tres años...».

En ese momento llega a la plaza otro invitado, José. Éste le recrimina que, en vez de pensar tanto, no vaya al hospital para que le arreglen esa pierna que no le deja caminar. Y no se acaban ahí los buenos consejos: «Con el salario social que cobráis deberías cogeros una pensión, es importante tener un techo, lo primero para estar bien», les dice. Él tiene casa, pero desde hace años acude cada día a la plaza para charlar con sus amigos y echarles una mano. De hecho, pese a todas las ayudas que hay en Euskadi, lo más importante para sobrevivir sigue siendo la solidaridad entre colegas. Como Fernando no se preocupa de comer, siempre hay quien le prepara un bocata de fuagrás.

En la plaza ya no hay bancos. Ni agua en la fuente. «La gente tiraba vasos dentro y armaba jaleo; se pasaban el día durmiendo con sus bolsas en los asientos, ocupándolo todo. Y no puede ser, por eso los quitaron», dice José. Una amiga, llamémosla N, hace su aparición en la plaza. Se acerca a Fernando y le invita a pasar por su casa para ofrecerle una ducha que hoy no se dará. La chica también pasó un tiempo con ellos. «Tuve un disgustazo enorme y empecé a beber mucho. Me hice alcohólica, aunque ahora ando bien. Pero no me olvido de mis amigos, gente maja», dice N. Antes de marchar quiere expresar una queja. «Desde que quitaron el agua, ya no vienen los estorninos, es una vergüenza». Es cierto, pero así tampoco se cagan encima de los habitantes de la plaza.

Llega la hora de comer. Isidro y Fernando se arreglan con un bocata de salchichón y más vino, Pero Miguel Ángel, de 35 años, decide dejar la plaza y se encamina hacia el comedor social de Indautxu, regentado por Cáritas y las Damas Apostólicas, donde se sienta junto a otras 150 personas -que se quejan, con razón, de la presencia de los periodistas-, y engulle en cinco minutos lentejas, sardinas y un yogur. Como casi todas las personas que están en la calle, él cobra el Ingreso Mínimo de Inserción, unos 500 euros. «Pero de ahí tengo que pagar 300 por un cuartucho de dos por tres metros, con lo que no me queda mucho». Los bilbaínos también pueden acudir al comedor de los franciscanos de Irala y al de la Fundación Conde Aresti de Zabala. En Vitoria, tienen el de Cáritas.

Vivir en la calle ensucia mucho, así que la gente sin hogar cuenta con duchas municipales como las de la calle Zabala, dependientes de Salud y Consumo. Inmaculada y Manuel acuden con regularidad a asearse a este sitio. Por aquí pasan unas 140 personas al día, el 70% hombres. Hay 14 duchas para ellos y 7 para ellas.

Cuando las ganas de orinar aprietan en la plaza -algo que sucede muy a menudo por la cantidad de vino, hasta diez litros por cabeza en algunos casos-, siempre existe la opción de hacerlo ante las vallas de las obras de la Alhóndiga, ¿qué homenaje a ese templo de la vid que en su día fue! Pero si lo que sobreviene es un apretón, Isidro y Fernando tienen permiso para acudir al bar Plata de Egaña: «El dueño es amigo, nos trata bien y nos da de comer», dicen. En ocasiones como ésta es cuando se comprueba lo importante que es tener amigos hasta en el infierno. «Aquí somos más solidarios que los que viven en pisos de lujo. La Ría estará más limpia ahora, pero nosotros vivíamos mejor antes», dicen pocos días después de conocerse el dato de que uno de cada cuatro vascos vive al límite y bajo la amenaza de la pobreza.

A media tarde, el alcohol causa ya tantos estragos que a Isidro, sordomudo de nacimiento, se le empieza a entender mejor que a Fernando. Unos bollos ayudan a aguantar. Ahora es a Isidro a quien se le ocurre echar la vista atrás: «Todos me querían mucho cuando tenía cuatro años, pero al hacerme mayor... ¿fuera, fuera, fuera...! Soy sordo, pero no tonto», se explica como puede ayudado de sus potentes ojos azules -«como los de mi madre»-, que le dan un aire a Paul Newman en 'El juez de la horca'.

Arrebato nostálgico

Su regreso al pasado provoca en todos un arrebato nostálgico. Es hora de recordar a los que se fueron: Urtain, de 65 años, que murió hace dos meses de un ataque al corazón. «Estábamos aquí sentados y se empezó a poner colorado. Le dijimos que fuera al médico, pero no hizo caso», cuentan. Tampoco están ya con ellos el asturiano, el Santi, el Jaime, el poeta que vendía sus poesías por los bares de la zona...

En la plaza, cada uno tiene un don. José canta. Fernando tiene mucha paciencia para escuchar. O hacer que escucha. E Isidro es el observador. «Sabe cuándo alguien es un falso, te avisa y acierta», confirma José. El aludido no se entera de esta conversación y vigila su bolsa. Dentro guarda sus mantas y algo de ropa. Las personas sin recursos consiguen prendas gracias a las monjas, a lugares como Ecorropa... Hay quien confiesa incluso haber echado mano de algún tendedero colocado más bajo de lo aconsejable... A ellos también les roban las cosas.

No quieren oír hablar de celebraciones familiares, pero otro asiduo a la plaza también llamado José opta a santo por la idea que quiere que anunciemos en el periódico. «Me gustaría montar una fiesta en Nochebuena en la plaza de Rekalde para que la gente como nosotros no esté tan sola. Pero pon que cada uno traiga algo». No existen datos sobre las personas sin hogar que leen EL CORREO, pero lanzado está el órdago.

Así, poco a poco, el día fue terminando con el final que inicia este reportaje -sí, ése de pobres que siempre cae en Navidad-, con Isidro y Fernando montando el Belén bajo las luces del centro de Bilbao y ante los atónitos transeúntes, que les aconsejaban ir a un albergue. Hay 300 plazas en Bilbao, repartidas entre Elejabarri -donde el saharaui Alí sueña con su jaima-, Mazarredo, Hontza, Marzana y Lagun Artean. En Vitoria tienen 117 camas en el centro de acogida, la Casa Abierta y Aterpe. Pero es que Isidro y Fernando no quieren albergue, no quieren ronquidos, olores de otros ni que les roben las botas. En verano quieren su hotel de las mil estrellas, y ahora un cajero calentito donde Isidro pueda echar el pestillo y hacer enfadar con sus muecas a los municipales.
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