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FERNANDO ZARAUZ, CONSULTOR DE DISEÑO GRÁFICO EN MARRUECOS
«La vida en Marruecos es mucho más fácil si eres extranjero»
Este joven bilbaíno, asentado desde hace siete años en Rabat, admira «la solidaridad de las gentes del país»

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«La vida en Marruecos es mucho más fácil si eres extranjero»
Fernando Zarauz vio un anuncio en EL CORREO en el que se publicitaba una beca del Gobierno vasco para ir a Marruecos. Ofrecía la posibilidad de facilitar el acceso a la formación en el marco de las Naciones Unidas. Le sonó bien. Y se animó a probar. De eso hace ya siete años. Lo que en un principio iba a ser una aventura de tan sólo 24 meses, se alargó. Los contratos se fueron sucediendo y, al final, se quedó. Si a esto se suma que al año y medio de aterrizar en el país africano conoció a una joven española, que en seis meses se convertirá en su esposa, todo está más claro. Y es que ha decidido exprimir la experiencia al máximo. Vaya que sí.

Fernando trabaja ahora como 'freelance' en una pequeña consultoría que ha montado en la que realiza diseños gráficos para organismos españoles e internacionales. Y está contento con la vida que lleva en Rabat. «Lo cierto es que para los extranjeros todo es mucho más fácil. Tenemos un mayor nivel de vida que los locales», asegura. Con la ventaja añadida de que con menos dinero se vive mejor. «Y te cunde más», revela.

A pesar de que la adaptación al nuevo país fue relativamente rápida y sencilla, es innegable que siempre hay un pequeño choque cultural que hay que salvar. «La conducción, por ejemplo, es muy brusca. No respetan los pasos de cebra». Tampoco la «sensación de suciedad» que hay en las calles le es grata. «Pero hay que centrarse en las cosas positivas». O, al menos, intentarlo.

Tierra de contrastes

Para el joven bilbaíno, una de las mayores ventajas de vivir en el país africano es el clima, «menos lluvioso que en España». «Es una tierra preciosa, de contrastes. Tienes desierto, playa, alta montaña...». Además, sostiene que el pueblo marroquí es diferente, pero en sentido positivo. «He aprendido a valorar las limosnas, ese punto de ayuda que tienen. Y entre ellos son muy solidarios. Si se te derrumbara la casa, todos los vecinos te ayudarían a reconstruirla, seguro, y eso es fantástico», revela. Y también son muy hogareños. «Son familias muy grandes, pero en su casa jamás faltará un sitio para cualquier invitado».

Fernando no habla árabe, pero se hace entender en francés. «Se emplea muchísimo», se apresura a matizar. Y en el norte del país, el castellano. «En Siria o Egipto sería mucho más difícil comunicarme sin hablar la lengua local. Aquí, por el contrario, utilizan otros idiomas más conocidos para nosotros», puntualiza. Por fortuna.

Otro aspecto que le llama la atención es la forma que tienen los marroquíes de vivir su tiempo de ocio. Como su religión les prohíbe beber alcohol, las opciones se reducen. O, mejor dicho, son distintas. «Más paseos, reuniones entre amigos y parientes ». También para los extranjeros es diferente. «Vivimos como en una burbuja, porque al final, acabas relacionándote con gente de fuera», sentencia.

El país africano le ha dado una nueva vida. Muchos frutos a nivel profesional y personal porque allí ha conocido a la que será su mujer, una gaditana afincada en Rabat. Por eso, la vuelta se torna complicada. Más aún si la etapa laboral que está viviendo es buena. «Tendrían que cambiar las cosas. Con el tiempo ya veremos, pero, de momento, no entra dentro de nuestros planes».
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