
En la diplomacia no se deja nada al azar, y no se sabe si era guiño, ironía o costumbres de la casa, pero ayer era de lo que más se hablaba. El Papa pasó un dedo suavemente por la espada sin decir nada. En cualquier caso, parece que sirvió para romper el hielo. Benedicto XVI le regaló un grabado de 1550. Los sesudos vaticanistas analizarán hoy las recónditas lecturas de este gesto, pero lo cierto es que el encuentro en sí ya era un gran paso y discurrió con toda cordialidad.
El breve y medido comunicado final de la Santa Sede insistía en el compromiso del Papa y el rey en «el diálogo interreligioso e intercultural, para la pacífica convivencia entre hombres y pueblos», y de forma especial en «el valor de la colaboración entre cristianos, musulmanes y judíos». Más en política, pero en general, «coincidieron» en la necesidad de una solución «justa» al conflicto de Oriente Medio.
El relieve de la entrevista, que duró media hora a puerta cerrada, estriba en que el rey Abdalá de Arabia, además de monarca es, según la tradición, el custodio de los lugares sagrados del Islam, las mezquitas de La Meca y Medina. Es un detalle importante pues, por ejemplo, la presencia de bases de EE UU en ese suelo sagrado es uno de los principales argumentos que esgrime habitualmente Bin Laden en su cruzada majara. El periódico vaticano, el 'Osservatore Romano', destacaba ayer la visita en primera página con gran énfasis. Además, la cita llega tras una carta de diálogo enviada al Papa por 138 intelectuales musulmanes de 43 países. Con la espada de ayer quizá se ha terminado la pelea.






