Yo utilizo el metro diariamente haciendo al menos dos viajes. Pertenezco al privilegiado grupo de los jubilados, que tenemos un precio especial rebajado (la veteranía es un grado), y aprovecho la ocasión para agradecer a mi buen amigo Rafael, director del metro, esta deferencia que tienen con el paisanaje veterano. Y con el bono de diez viajes a precio módico voy y vengo tan feliz en este excelente y rápido medio de locomoción.
Normalmente, lo que hago al llegar al metro es lo que hacemos todos; meter el bono en la validadora y esperar que la maquinita se lo pase por el forro de sus chips y me lo devuelva con un viaje menos, y me voy tranquilo al andén. Todo lo que hago de vez en cuando es mirar el número de viajes que me quedan, cosa que no siempre es fácil de conseguir, y aprovecho la ocasión para suplicar al encargado de los repuestos que se anime a renovar más a menudo la tinta de las validadoras, porque algunas están las pobres tan sedientas de tinta que dejan la línea en blanco, obligándome a complicados cálculos a ojo para saber si me quedan o no me quedan viajes disponibles. (Aquí punto y aparte para volver al asunto del timo y para que respire mi amigo Gonzalo, que padece disnea).
Un buen día, al acercarme a la validadora, observé con asombro que la máquina anterior había intentado timarme un viaje porque, cuando aún me quedaban dos disponibles, introduje el bono y me lo devolvió asegurándome que había llegado al cero. Naturalmente, fui a denunciar el caso, y el jefe de estación, dándose cuenta de que la razón me asistía, me devolvio el viaje que me había timado la validadora. Habrase visto la muy granuja...








