
REAL MADRID 4 - OLYMPIAKOS 2
Con Gago en lugar de Diarra, el Madrid debería tener mejor salida del balón y no depender tanto de Guti. Pero el problema es más de ritmo, de movilidad, de chispa, de actitud y de buena ocupación de los espacios, que de hombres. Hasta que despertó Robinho, Raúl fue el único que se ofreció en todo momento y buscó aprovecharse de la mínima ventaja. Lo da todo, merece quizá la internacionalidad, pero no le hace ningún bien tanto gesto reivindicativo cuando marca un gol porque, tradicionalmente, la modestia era otra de sus virtudes.
Raúl abrió el partido a los dos minutos, tras aprovechar un rechace del portero a remate del holandés. La jugada estuvo precedida de un error de bulto del central Antzas. Hay que estar ahí, saber acompañar la jugada, colocarse bien y tener olfato, pero ese tanto no es como para señalarse de esa manera. Y cuanto más lo haga, más se empecinará Luis en no citarle.
El Madrid disfrutaba del arranque soñado y parecía dispuesto a conseguir una goleada que levantara el ánimo tras la derrota de Montjuic. Pero se distrajo una vez más en defensa y Galletti, un especialista en el Madrid desde que con el Zaragoza le ganó una Copa, le empató cinco minutos después. En esa acción, Djordjevic dejó patente que Míchel Salgado hace tiempo que dejó de ser un lateral derecho para el Madrid. Y como casi siempre llega a destiempo, recurre al juego duro, tal y como comprobó en sus piernas su ex compañero Raúl Bravo.
Con la ley del mínimo esfuerzo, el Madrid esperaba que los griegos cayeran como fruta madura. Llevó la iniciativa, tocó y tocó, pero lo hizo con una lentitud desesperante, impensable en el fútbol moderno. Realizó alguna acción vistosa, como una bicicleta de Robinho sobre el infatigable Galletti, obligó a lucirse tres veces a Nikopolidis, el héroe griego de la Eurocopa portuguesa, pero careció de continuidad en el primer tiempo y se marchó con el amenazante empate al descanso.
En la reanudación, los helenos se atrincheraron y el Madrid quiso ser paciente. Pero ocurrió que la defensa blanca se durmió en una acción de estrategia, permitió sorprender al central Julio César, otro ex, y se complicó el partido. Había llegado la hora de cambiar el estilo, de sacar la casta, de tocar a rebato, de la revolución, de la magia de Robinho.







