"Todas nuestras necesidades han sido cubiertas, este lugar es alucinante", dice Cliff Thomann, padre de cuatro niñas de entre cuatro y 17 años que llevan tres días durmiendo en el aparcamiento del estadio. "Ha pasado por aquí tanta gente ofreciéndonos cosas que hace ya dos días que les decimos a todo que no. Anoche, en la cena, había tanta variedad de comida que tuve que cortarme, porque lo que no quiero es salir de aquí con cinco kilos de más".
Las donaciones han caído sobre el estadio con tanta consistencia como las cenizas que cubren la ciudad. Los voluntarios hacen cola para ofrecer desde servicios médicos hasta juegos de niños, masajes o acupuntura, y el Gobierno Federal ha estado tan dispuesto a ayudar, que el propio gobernador Arnold Schwarzenegger pensó que era una broma la primera vez que le dijeron que el presidente estaba al teléfono.
Así es como la naturaleza le ha dado a George W. Bush una segunda oportunidad para redimir los pecados del Katrina, bendecido esta vez por el plácido espíritu del hippismo californiano, que confía en el karma de la vida.









