
Suena a chirigota, pero encierra algo de realidad. Es preceptivo que un electricista o algún técnico electrónico revise las tripas de la mecánica 'iurbentina'. Tiene que haber por alguna parte un cable pelado, algo que propicia contactos que dejan al espectador resignado al papel de notario de la situación, al ritmo de «ahora sí, ahora no». En León, ante un equipo necesitado, que en su condición de debutante no conocía aún la derrota, los de La Casilla insertaron en el casette el sempiterno éxito del carioca Roberto Carlos. Sonaron las primeras estrofas de 'Un millón de amigos' antes de que concluyera el primer cuarto y el iurbentia en pleno tarareó el estribillo con potente voz y perfecto conocimiento de la letra.
El cortocircuito, el presunto cable pelado, convirtió así el partido en los más parecido a la intermitencia lumínica de un árbol navideño. Debilidad reboteadora y amnesia ante un León que, de repente, lo metía todo. Del celebrado 7-15 -los vizcaínos parecían un misil irrefrenable, sin límite de radio de acción- a la primera ventaja local al término del cuarto (16-15). El daño no había acabado. La herida se infectó y supuró hasta el 24-15. La cuenta, rotunda: 17-0.
Se rehizo, mal que bien, el iurbentia para volver a la vida con los argumentos que alimentan el optimismo. Juego fluido, más dosis de defensa con conocimiento de causa y las rotaciones sin incidencia negativa. Antes no había sido así. Coincidió el primer desvanecimiento con la sustitución de Huertas y Lewis. El equipo tardó una eternidad en entender cómo tejer la bufanda con los nuevos ovillos. Dio con la combinación de la 'tricotosa' y, con el aclarado de ideas en el vestuario, se obró el milagro.
La bipolaridad hizo que en la reanudación entrara en cancha la versión más contundente de los bilbaínos. Sus pobres porcentajes al descanso se tornaron en envidiable tino desde la línea de tres. Huertas, Recker, Lewis, Rancik, Salgado... los triples caían a paladas para regocijo de los aficionados rojillos que habían invertido su tiempo y dinero en arropar a los de Vidorreta. La cotización cambió su rumbo y era el iurbentia el que firmaba la tendencia alcista mientras el Begar León veía precipitarse su gráfico hasta las catacumbas. 11-25 en el tercer acto; de ovación y bises.
Sin puntilla
La barrera de la decena era el comodín con el que los visitantes se zambullían en la recta final. Si sirvió y fue bien manejada una renta aún menor ante el Gran Canaria, nada hacía presagiar que ayer tuviera por qué cambiar la situación. ¿Vaya si lo hizo!, aunque no de salida. Tres triples más para el buen balance final (11 de 22) y ventaja que debió ser determinante (44-57). En esos casos ya se sabe lo necesario: matar al partido y al oponente, hacer uso sigiloso y letal de la puntilla. Al margen de arbitrajes deplorables. Aranzana lo probó todo y se amparó en la baza interior. No hubo color. No les dejaron maniobrar a los pívots de negro en ataque -tampoco fueron la referencia prioritaria- y las malas elecciones, los atragantamientos de Huertas y Recker buscando un espacio aéreo libre de baterías enemigas, propiciaron el desmoronamiento. Parcial de 12-0. A la prórroga. Sin Rancik, eliminado, como poco después Weis. El tiempo extra sólo fue un adorno de dudoso gusto para un partido que debió acabar mucho antes.







