
LAS FRASES
-A usted le tocó, como presidente de Confebask, hacer públicas las críticas de la patronal vasca al plan Ibarretxe. Ahora, lejos ya de aquella responsabilidad, ¿qué opinión le merece la nueva propuesta del lehendakari de convocar una consulta sobre el derecho a decidir?
-Ni más ni menos que la misma que entonces. Han pasado cinco años desde que los empresarios analizamos aquella propuesta, es verdad que con un tono crítico, y sigo pensando lo mismo.
-¿Qué sintió cuando escuchó el anuncio del lehendakari?
-Fue una sensación mezcla de cansancio y hartazgo. Yo creo que todos, o al menos la mayoría de esta sociedad, estamos hartos del rifirrafe político y observamos cómo el debate gira en torno a temas cada vez más alejados de los problemas reales de este país. Las cuestiones prioritarias, las que de verdad son importantes, quedan en un segundo plano.
-¿Cree entonces, como hace cinco años, que determinadas propuestas políticas pueden hacer daño a esta sociedad?
-Sin duda. El permanente cuestionamiento del marco jurídico siembra tensiones y genera incertidumbre y preocupación. Se corre el riesgo, además, de que el rifirrafe de la clase política se traslade al conjunto de la sociedad. Una propuesta como la que acaba de hacer el lehendakari genera inestabilidad. Y eso también es malo para la economía.
Prioridad, la violencia
-Decía que cuestiones como ésta le hacen sentir que la clase política se aleja de los problemas reales. En su opinión, ¿cuál debería ser la prioridad número uno?
-Sin duda, erradicar la violencia y sus consecuencias. Ése es el problema prioritario del País Vasco. Y si lo es, lo lógico es que todas las fuerzas se concentren en ese objetivo y en conseguir un acuerdo amplio en torno a ello. Hay que ganar la paz y la normalidad con el consenso.
-Hay quien piensa que iniciativas como la de la consulta popular ayudan a caminar en la búsqueda de la paz.
-Yo no creo que se deba mezclar el objetivo de erradicar la violencia con el cuestionamiento de los marcos jurídicos.
-La patronal vasca ha decidido no hacer pública posición alguna. En su opinión, ¿esa actitud responde a una postura de prudencia para no reeditar las tensiones internas que se vivieron ante el plan Ibarretxe o esconde algún miedo a molestar al poder político?
-¿Miedo? Sinceramente, no lo creo. Yo diría que es una actitud de prevención ante hipotéticos problemas internos. Le reconozco que yo no comparto esa estrategia. Creo que los empresarios, en ésta y en cualquier sociedad, deben dar siempre su opinión sobre aquello que les afecta. También que esa opinión debe articularse a través de las organizaciones patronales, que son las que les representan. Y no se puede decir que este tema no nos afecta. La política siempre influye en el desarrollo de la economía y en la actividad empresarial.
Jóvenes embrutecidos
-Hay una pregunta que ya es un tópico pero que resulta inevitable plantear: ¿cree que los empresarios vascos van a retraerse en sus inversiones de futuro como consecuencia del recrudecimiento del terrorismo?
-Siempre es difícil concretar algo así, pero ya se sabe que el dinero es cobarde. Quizá los empresarios vascos han llegado a generar una especie de coraza para poder superar los efectos que en ellos han tenido la violencia y la extorsión; dos factores que han sufrido en carne propia y siguen padeciendo todos los días. Quizá sea más preocupante la visión que se tiene fuera. Nuestra responsabilidad, la de todos, es generar un escenario de seguridad, pero también de seriedad, para atraer inversiones y profesionales cualificados. Tenemos que hacer también un esfuerzo en la recuperación de valores éticos y morales y en la recuperación de una juventud embrutecida por el ejemplo de unos líderes instalados en un fanatismo de corte nazi. Ya sé que tenemos una juventud magníficamente preparada, pero también tenemos un problema serio ahí. Cuando vemos las escenas de eso que se llama terrorismo callejero, te das cuenta de que son personas que han nacido en la democracia y su actuación no tiene una explicación racional.
El final de la bonanza
-En eso que usted califica como «las cosas realmente importantes», ¿se siente optimista o pesimista sobre la evolución de la economía?
-Ni pesimista ni optimista. Sí creo que hay situarse en la idea de que el período de bonanza que hemos vivido durante la última década ha tocado a su fin. Las turbulencias financieras, la desaceleración del sector de la construcción y la volatilidad de los mercados bursátiles nos conducen a una situación complicada.
-¿Tanto como para pensar que estamos a las puertas de una crisis?
-Sí, podemos estar en su inicio, pero aún es pronto para saber qué profundidad puede tener y, lo más importante, qué consecuencias puede tener en el empleo, en los precios y en el resto de factores.
-¿Las empresas alavesas y el conjunto de las compañías vascas están en una buena situación para afrontar lo que se les viene encima o podemos asistir a otro momento triste como los que se vivieron en la crisis de los años 80 y al principio de los 90?
-Yo creo que nuestras empresas se han fortalecido mucho desde el punto de vista financiero en estos años de crecimiento económico. También han invertido mucho, lo que les permite tener una estructura de producción bastante competitiva, al tiempo que se han esforzado en innovar, en salir a mercados exteriores. En definitiva, se han preparado. Pero también es verdad que hay cuestiones que no han evolucionado lo suficiente, por ejemplo en el terreno laboral.
-¿Se refiere a la flexibilidad de las plantillas o a la relación con los sindicatos?
-En eso hemos mejorado muy poco. En lo que hace referencia a la relación con los sindicatos y especialmente con uno, con ELA, la situación es compleja. Han elegido la vía de la confrontación y eso no conduce a nada bueno. Hay grupos empresariales que desde hace tiempo están intentando desarrollar una negociación seria y... tienen un escaso éxito.
Las grandes empresas
-Recientemente, el grupo Sidenor ha anunciado su decisión de cerrar su principal instalación en Álava. ¿Le preocupa o cree que es un fenómeno aislado?
-Quiero creer que en ese caso nos enfrentamos a un problema aislado y puntual, ocasionado por la necesidad que tienen algunos sectores, en este caso el siderúrgico, de concentrar su producción. Espero que en el caso de Álava no se llegue al cierre total y que salvemos la situación.
-¿No le parece que los grandes grupos empresariales, en un pasado no muy lejano, han sido un poco maltratados en el País Vasco?
-Afortunadamente eso ha cambiado; pero, en efecto, algo de ello ha sucedido. Siempre me sorprendían aquellas manifestaciones desde las instituciones, en las que se venía a decir que lo fundamental eran las pequeñas empresas. Las pequeñas y las medianas son muy importantes y hay que prestarles atención, pero las grandes son las que ejercen la tracción y a ésas hay que mimarlas.






