
En España han sido famosas otras imágenes cuyos protagonistas no deberían sentirse muy orgullosos. En diciembre del año pasado aparecía una grabación de las cámaras de seguridad de Metro Madrid en la que se veía una pelea entre inmigrantes latinos en los andenes de una de las estaciones. Se pidió que se retirara por las implicaciones que tendría el robo de la cinta al suburbano madrileño, pero a día de hoy el vídeo continúa expuesto en Youtube.
Además, hay infinidad de páginas en las que menores, a menudo niños, se lían a puñetazos ante la cámara del móvil de algún compañero.
Más preocupantes es la serie en la que varias jovencitas bailan y se desnudan frente a la 'webcam' de un ordenador. Todas fueron colgadas por la misma persona, que solicita en el propio portal que le envíen este tipo de cintas para difundirlas. Las imágenes no llegan a ser pornográficas, lo que supondría su inmediata eliminación, pero dejan poco a la imaginación de quien decide verlas. Y, aunque es un requisito obligado que quienes aporten vídeos sean mayores de edad, los controles a este respecto son fácilmente soslayables.
Drogas en Valencia
La lista es interminable, pero si alguno de los contenido desafía las propias normas impuestas por la herramienta, son las vejaciones realizadas a un grupo de toxicómanos valencianos. En las imágenes, unos jóvenes golpean con balones a los drogadictos, les incitan a arrastrarse por el barro y les hacen comer moscas.
Las humillaciones se ofrecen al público en una serie de doce vídeos, colgados progresivamente a lo largo de los últimos meses. En una de las grabaciones, una persona, identificada como «comemoscas» por quien la volcó en el portal, no sólo se traga el insecto que le facilitan los desalmados, sino que da a entender que acepta doblar la cerviz a cambio de dinero. «Más moscas», reclama mientras muestra calderilla en una mano. Y es atendido, pues aparece en otras dos grabaciones comiendo insectos entre las risas de todos los presentes.
En otro vídeo, titulado 'estilo libre en charca', el toxicómano, vitoreado por la gente, se desviste hasta quedarse en ropa interior y, a continuación, se lanza sobre un charco. Imitando los movimientos de un nadador, se arrastra con torpeza por el lodo a lo largo de diez metros. «Tengo frío», masculla el afectado.








