
MESAS NACIONALES
La prisión ordenada hace escasos días por el juez Baltasar Garzón para la mitad de la ejecutiva de Batasuna, según diversos analistas, será «explotada» para hacer «victimismo y eludir la autocrítica» en un momento en el que ETA ha vuelto al primer plano con sus atentados -frustrados o no- y la coalición ilegalizada «se ha quedado sin iniciativa al compartir el tripartito una de las tradicionales demandas de la izquierda abertzale como es el derecho a decidir». Su encarcelamiento no supondrá, aparentemente, mayor problema para la formación, acostumbrada a regenerarse de forma automática. De hecho, la circunstancia, probablemente, será aprovechada, como han hecho en el pasado, para deshacerse de los miembros más contestatarios.
En un contexto de final violento del proceso de paz con la explosión de la furgoneta bomba que colocó ETA en la T 4 y mató a dos personas, los mahaikides en la cárcel y todos los puentes habilitados para el diálogo rotos, distintos dirigentes políticos recuerdan las reflexiones pasadas de representantes socialistas y jeltzales en el sentido de que si el intento de buscar la paz salía mal, los líderes de la izquierda abertzale serían «prescindibles». Los más optimistas pronosticaban una sustitución por otros «que se atrevan a hacer política sin tutelas militares», en alusión a ETA.
La experiencia, sin embargo, apunta en el sentido contrario y, a medio plazo, se vaticina una nueva ejecutiva sin fisuras y «sometida a las directrices que marquen los violentos». Los mahaikides actualmente en libertad, entre los que destacan Pernando Barrena, Jone Goirizelaia y Karmelo Landa, tienen una capacidad de movimientos muy limitada y, además, repiten en el cargo, por lo que su recorrido, según medios cercanos al Gobierno, aparentemente «será corto» al estar su «ciclo agotado». Un dato sintomático es el «silencio» sobre Otegi desde su ingreso en la cárcel de Martutene.
Curiosamente, el triunvirato formado por Otegi, Permach y Barrena cogió el testigo de la mesa nacional también encarcelada hace una década. Entre los detenidos en aquella ocasión por difundir el vídeo de la 'alternativa democrática' de ETA, que hablaba de la socialización del sufrimiento, se incluían Jon Idigoras, Floren Aoiz, Gorka Martínez y Rufi Etxeberria -que iniciaban su etapa de declive-, quien encomendó a Arnaldo Otegi que le sustituyera como interlocutor de la izquierda abertzale con el PNV.
Cintura política
Este periodo resultó especialmente convulso, sobre todo, a raíz del secuestro y asesinato del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco. La Mesa de Ajuria Enea, con el lehendakari José Antonio Ardanza a la cabeza, llamó al aislamiento social y político de HB, en cuyo seno se desató un intenso debate sobre el sentido o no de la lucha armada. La coalición aprovechó la incorporación de nuevas caras para relegar a las anteriores, recurrir a la cintura política y presentar su propuesta de acuerdo nacional, un bosquejo de lo que sería el Pacto de Lizarra basado en la acumulación de fuerzas soberanistas.
La firma de este acuerdo acarreó un alto el fuego de ETA y unos extraordinarios resultados electorales de la izquierda abertzale. Una circunstancia que se ha repetido históricamente: a menor índice de violencia, más votos en las urnas para la coalición. Este indicador, precisamente, ha sido uno de los argumentos empleados para demostrar, según diversas interpretaciones, que la vanguardia de la estrategia política dentro de la izquierda abertzale corresponde a ETA, que «desprecia» tradicionalmente las demandas de Batasuna.
En esta línea, fuentes del Partido Socialista emplazan a la coalición a «alejarse de la violencia y apostar exclusivamente por la política», al tiempo que subrayan que ya existen formaciones en Euskadi que «defienden la independencia» por vías pacíficas como EA o Aralar. Estas dos fuerzas, precisamente, acusan directamente a ETA de «perjudicar» los intereses nacionalistas al recurrir a estrategias «prehistóricas» como son la utilización de las armas.
El fracaso de los contactos en Zurich entre ETA y el Gobierno al albur del Pacto de Lizarra acarreó el regreso a los atentados de ETA en 2000, precipitó el cambio de nombre de HB -que pasó a llamarse Batasuna- y concluyó con la primera escisión pública al marcharse los dirigentes históricos Patxi Zabaleta e Iñaki Aldekoa. Ambos fundadores de Aralar discrepaban del uso de la violencia para la consecución de objetivos políticos. La izquierda abertzale volvió a cerrar filas, endureció su discurso y apoyó las tesis más radicales en un intento a la deseperada de restablecer el frente nacionalista y reactivar, aunque sin éxito, el Pacto de Lizarra.
La cruel escalada de violencia de ETA provocó más de veinte muertos en un corto periodo de tiempo. Poco después entró en vigor la Ley de Partidos, llegó la suspensión de actividades de Batasuna y su ulterior ilegalización. Esta situación dañó sensiblemente su organización y capacidad de convocatoria. En esta tesitura, la izquierda abertzale lanzó su propuesta de Anoeta, recuperó su mensaje más conciliador y utilizó expresiones como la transversalidad o el acuerdo entre diferentes, como augurio de un nuevo alto el fuego de ETA, en marzo de 2006.
La ruptura de esta última tregua ha revelado que las exigencias de autodeterminación y territorialidad -los dos nudos gordianos a desatar- por parte de la izquierda abertzale, 'vestidas' de una u otra manera, han permanecido inamovibles a lo largo de su historia. Las primeras mesas nacionales constituidas en la década de los ochenta, que integraban a dirigentes como Francisco Letamendia 'Ortzi', Telesforo Monzón, Jon Idigoras, Patxi Zabaleta, Iñaki Esnaola, Txomin Ziluaga, Iñaki Aldekoa, Jokin Gorostidi, Iñigo Iruin o Tasio Erkizia, tenían como programa político la conocida como alternativa KAS, cuyos puntos HB consideraba «mínimos» para lograr la pacificación de Euskadi. En ella se incluían ya el derecho de autodeterminación y la unidad territorial con la incorporación de Navarra como demandas fundamentales.
Negociación de Argel
A finales de la década, entre 1988 y 1989, se produjo el primer alto el fuego de ETA, así como la primera negociación entre la banda armada y el Estado en Argel, con la alternativa KAS encima de la mesa. La ruptura de las conversaciones provocaron las primeras discrepancias conocidas en el seno de HB que se hicieron visibles en la elección de la nueva dirección de la coalición, en abril de 1992. Presentada como un relevo generacional, encubría serias diferencias estratégicas reflejadas en las declaraciones y artículos que publicaron dirigentes como Iñaki Esnaola -que dimitió un año antes- o el europarlamentario de HB Txema Montero, también asesor de ETA en Argel junto a Iruin.
La imagen de la nueva hornada estaba representada por su portavoz, Floren Aoiz, respaldado por Rufi Etxeberria, Juan Mari Olano, Joxe Mari Olarra, Karmelo Landa y Gorka Martínez, entre otros. Los nuevos dirigentes protagonizaron un cierre de filas y radicalizaron sus propuestas. Esta situación provocó el arrinconamiento de destacados mahaikides como Esnaola, Ziluaga, Erkizia, Idigoras o Iruin. Una constante que se ha repetido de modo cíclico, independientemente del peso específico de los afectados, que han supuesto un poder más ficticio que real y que, finalmente, han sucumbido como daños colaterales del 'fuego amigo' de ETA.






