
Por supuesto que desde el punto de vista técnico la cuestión solo presenta ventajas. Las tres entidades, la BBK, la Kutxa y la Vital, son las reinas del mercado en sus respectivos territorios, en los que copan más de la mitad de los activos financieros. Gozan de similar fama de solvencia y aptitud y, juntas, alcanzarían una enorme capacidad de obrar, lo que les permitiría afrontar nuevos y mayores retos empresariales. Podrían ahorrar muchísimos costes operativos, al unir sus estructuras directivas y sus soportes informáticos, y perderían muy pocos clientes al no competir entre ellas en las áreas geográficas donde realizan sus principales labores.
Todo eso es bien cierto y no es necesario emplear demasiadas energías en demostrarlo. Pero es igualmente cierto que las cajas tienen un origen público; están reguladas como entidades públicas; sus órganos de gobierno proceden de las esferas de las instituciones públicas; sus presidentes tienen antecedentes públicos o, al menos, han pasado el filtro de los poderes públicos y sus obras sociales tienen una indiscutible intencionalidad pública. Ahora, pongan político donde dice público y tendrán una aproximación fidedigna a la realidad de las cajas.
¿Qué tiene esto que ver? Pues, simplemente, que es imposible eliminar la derivada política y mantener solo la técnica y es imposible evitar que los aconteceres políticos incidan decisivamente en los planteamientos técnicos. La fusión ha estado empujada desde las esferas políticas y ha sido abortada desde las mismas esferas, y todo ello en diversas ocasiones. Inevitable. Los vaivenes de la política marcan el ritmo del proyecto. El PNV pudo hacer la fusión en su día y no la hizo, probablemente para no exacerbar las absurdas rivalidades territoriales. Aprobó una ley en el Parlamento que la impedía en la práctica y todavía se resiste hoy a abolirla hasta no estar seguro del resultado final.
El PP se cargó antes la fusión para mantener sus áreas de poder en Álava y es probable que haga ahora lo mismo para poner en aprietos a los nuevos inquilinos en el Ayuntamiento de Vitoria y en la Diputación alavesa. Por su parte, en el PSE se debaten eternamente, por un lado, entre la conveniencia de pactar cosas con el PNV y los afanes personales de algunos; y, por otro, con el miedo a los costes que podría acarrearles en Álava si el PP triunfa en su tarea de excitar los ánimos ante la 'opresión' bilbaína.
Y, desde luego, la propuesta 'Ibarretxe II' ha llegado en el momento más inoportuno posible, justo cuando el PSE había encontrado más razones para apoyar el 'sí' que para insistir en el 'no'. Después de publicitar su iniciativa saben que sería muy sencillo presentar a la nueva entidad como la 'Caja del Plan' y como su soporte financiero, lo que será justo o injusto, depende, pero pone las cosas muy difíciles para los socialistas, que no pueden colaborar.
Hay un último aspecto que tiñe de color político al proyecto en curso y que impide mirarlo exclusivamente con las lentes de la asepsia técnica. Si de lo que se trata es de ganar tamaño y mejorar su eficacia operativa, ¿por qué razón se reduce todo y siempre a las cajas vascas? ¿Por qué razón no se consideran otras alternativas que darían mucho más tamaño y algo más de eficacia? Solo hay una razón, y no es técnica. Porque no se quiere perder, ni siquiera diluir, la enorme potencia de fuego de la caja fusionada. Pero, claro, ese es un argumento 100% político, dado que son los políticos quienes usan y disfrutan la mayoría de esa potencia de fuego.
Humildemente propondría una idea alternativa que ahorraría más costes, que daría mucha más capacidad de obrar y que nos evitaría muchos de los problemas que estamos padeciendo, como es el glorioso episodio del Impuesto de Sociedades. Me refiero a la fusión de las tres diputaciones. ¿A que es buena? Pues, además, nos sobraría el Gobierno vasco. Nada menos. El PNV controla (¿?) las cuatro entidades concernidas, así que ánimo. A ahorrar costes a lo grande y a mejorar eficacias a lo bruto.
Es muy difícil escribir una sola línea nueva, aportar una mínima idea original. Todo está dicho ya más de cien veces. Lo confieso, me repito, nos repetimos exactamente igual que los acontecimientos.






