
Sin embargo la osadía de Kenneth Branagh no resulta porque no podía resultar. En este trance caben dos posibilidades: fusilar el original o intentar una nueva versión con personalidad propia. Branagh se apunta a la segunda opción y moderniza los escenarios, dotándolos de una frialdad que poco acompañan a la trama. La representación teatral del original se ve aquí perturbada por una serie de encuadres de diseño y primeros planos que desplazan la concentración por el contenido hacia una sofisticación minimalista que no termina de encajar.
Sin duda, quien no haya visto el original de Joseph L. Mankiewicz, basado en la obra de Anthony Shaffer, podrá disfrutar de este interesante duelo interpretativo, de un juego de humillaciones recíprocas y magníficos diálogos que hace difícil adivinar el desenlace. Pinter ha optado por un final diferente y por introducir ciertas insinuaciones justificativas del comportamiento del marido engañado que resultan absolutamente innecesarias.






