
Haciendo una cuenta rápida, el material sustraído, equivale «a tres meses de trabajo. Y encima tenemos que hacer esperar a los clientes, que nos piden pero no tenemos», lamenta Rafael Gallo. Este vecino de Santutxu de 60 años es uno de los cinco socios de Cebisal, una empresa surgida de otra mayor que quebró hace catorce años. «Nos quedamos los cinco, compramos maquinaria de segunda mano y fuimos saliendo adelante como pudimos. Montamos la cooperativa para sobrevivir pero como nos peguen otro viaje de estos nos van a arruinar», se lamenta gráficamente.
Con memoria fotográfica hace recuento del «agujero» que han supuesto los robos a esta pequeña empresa ubicada en La Ribera de Deusto, en la península de Zorrozaurre. «El 9 de julio nos robaron por primera vez. Se llevaron 2.800 kilos de cobre en rollos, lo que supone unos nueve millones de las antiguas pesetas -54.000 euros- y la furgoneta. Entonces colocamos una alarma pero algo falló al instalarla porque al de quince días se llevaron casi otro tanto. Las dos veces siguientes fue mucho menos, unos 3.000 euros cada vez y en las tres últimas ocasiones -la última hace unos días- ya no han podido entrar».
No en vano, los trabajadores han extremado las precauciones. «Cada tarde, al cerrar, colocamos una bovina de cobre de 1.500 kilos en la puerta y los fines de semana dejamos maquinaria y la furgoneta en los accesos para impedir que entren».
Aún así, Gallo sabe que es difícil evitar estos robos. Y no sólo porque «el cobre se ha puesto a un precio muy goloso y roban todo lo que pueden para venderlo a Asia». Es que la ubicación del taller permite a los ladrones campar casi a sus anchas a sabiendas de que nadie vigila la zona. Situada al comienzo de La Ribera, a unos 500 metros de la explanada de Botica Vieja, la empresa ocupa una lonja en un callejón sin viviendas donde mantienen abiertas sus puertas otras tres pequeñas empresas.
«Jubilarnos en paz»
«No hay vigilancia policial. La Ertzaintza y la Policía Municipal pasan una vez cada tres meses y de casualidad. Además, tenemos un pabellón abandonado al lado que facilita la entrada a nuestro taller. Entran por el tejado y bajan por una columna. Hemos sellado la puerta del otro pabellón por nuestra cuenta porque el dueño no se quiso hacer cargo».
Con el lastre de los robos y unas perspectivas de futuro poco claras -«el Ayuntamiento aún no nos ha comunicado qué planes tiene para esta zona ni qué será de nosotros»-, los socios de Cebisal -que rondan los 60 años- sólo piden «poder trabajar tranquilos y en paz hasta la jubilación».










