
Según ha comentado en sus escasas apariciones en la prensa, su afán por huir de los medios de comunicación -ni siquiera va a los campeonatos de su célebre rompecabezas, aunque se rumorea que podría aparecer en el Mundial de Budapest- surgió como reacción al 'boom' del juguete en los ochenta. Para una persona que procedía de un país comunista, aquel fervor comercial fue demasiado: «Estuve viajando por todo el mundo, sin ver nada más que las paredes de mi hotel, los aeropuertos y las salas de reuniones. Fue una época excitante, pero también muy difícil y muy cansada Me podría haber desbordado fácilmente».
Icono de una época
Así que antes que perder el control, el profesor y escultor húngaro, hijo de un ingeniero aeronáutico y una poetisa, decidió 'desaparecer' de la escena pública que amenazaba con devorarle. Ahora, que ya ha superado la sesentena, prefiere pasar horas en su estudio y vivir con su mujer y sus cuatro hijos. «Se podría decir que estoy buscando la armonía, el equilibrio adecuado, la correcta proporción de la vida», explica con afán matemático.
Desde luego, en sus planes vitales no parece influir que su cubo se haya vuelto a poner de moda, ni que se haya convertido en el icono de una época -una pequeña explosión de color en los grises años del Telón de Acero-, ni que algunos coleccionistas lleguen a pagar 600 euros por algunos modelos originales (los hay de varias clases, con diferentes formas, con más o menos cuadrados). También parece ajeno a la excentricidad de la firma Cartier, que creó un cubo de diamantes que cuesta un millón y medio de euros. Con la vida más que solucionada, para él, su 'puzzle' es, ante todo, una metáfora de la vida misma: «El poder del cubo es que está basado en contradicciones: es simple y complejo, estable y flexible, fácil de entender y difícil de resolver».








