El factor más relevante para explicar la repentina riqueza de Castro ha sido la llegada de los vizcaínos, una especie de inmigrantes ricos que ya con el hecho de instalarse elevan el nivel de vida en los países de acogida. Durante los últimos diez años, Castro Urdiales ha sido uno de los lugares en los que han ido a instalarse muchos convecinos nuestros. La mayor parte son personas que trabajan en Bilbao y en las dos márgenes de la ría atraídas por una considerable diferencia en el precio de la vivienda. Castro es también uno de los municipios que preferían para instalarse las gentes no demasiado partidarias de las emociones fuertes que de vez en cuando ofrecen las especificidades sociopolíticas del país. Entre ellos caben también un contingente de ertzainas que eligen localidades limítrofes a la comunidad autónoma para instalar su residencia familiar y minimizar de paso el riesgo de que les incendien el coche cualquier sábado por la noche.
Los ingresos de los nuevos vecinos son la causa más evidente de esta prosperidad. Han estimulado -y de qué manera- la construcción. Si la renta en vez de per cápita estuviese referida al metro cuadrado construido, Castro se saldría del mapa de España. Sin embargo, es cuestión sabida que una parte significativa de estos vecinos no se censan, lo que genera desajustes en los servicios y problemas en las épocas más concurridas.
Vizcaya es tierra que ha exportado siempre material humano. Antes eran segundones y gentes sin oficio que iban a buscarse la vida y ahora directamente exportamos ricos, gente que sube el nivel de vida por el mero hecho de instalarse. El lehendakari o el diputado general deberían reivindicarlo como un éxito de su gestión.








