
DURANGUESADO
Carmelo Fondado
«La bicicleta ha sido mi salvación»
Desplazamientos tan cotidianos como ir al banco o al centro de salud se convierten en un auténtico quebradero de cabeza para el durangués Carmelo Fondado. A sus 86 años se ha comprado una bicicleta eléctrica de batería, «que no contamina» y le permite desplazarse desde el barrio de Tabira a diferentes lugares de la localidad e incluso a centros comerciales de la zona. «A mi edad todavía tengo los reflejos bastante bien. Ha sido mi salvación, aunque un poco cara. Porque ir andando se puede, pero el problema es luego el regreso. La mayoría de la gente mayor de esta zona depende de sus hijos», reconoce.
El problema surge cuando hace mal tiempo. «Entonces no puedo utilizar la bici, por lo que me tienen que echar una mano mis hijos o la chica que me ayuda en casa. Es una faena». Cuando el Ayuntamiento anunció que iba a poner en marcha un autobús urbano, Fondado respiró aliviado. Pero su gozo quedó en un pozo al desestimarse la iniciativa. «En Ondarroa ya tienen uno y es un pueblo más pequeño que Durango. Muchas promesas y ha sido un fraude. Lo único que han hecho es poner la OTA y recaudar dinero», critica.
A este mismo problema se enfrenta José Antonio Odriozola, vecino del barrio abadiñarra de Gaztelua, situado a tres kilómetros de Matiena y a otros cinco de Durango, y por el que no pasa el autobús de línea. «Aquí nos apañamos como podemos. Ya estamos acostumbrados a ir y venir en coche. Es la única solución además de ir andando, claro, pero el problema es cuando hace mal tiempo, que es muy habitual».
MARGEN DERECHA Y TXORIERRI
Socorro Martín
«En 20 años no he visto un autobús»
Socorro Martín vive desde hace dos décadas en el barrio de San Bartolomé de Leioa. No recuerda haber visto pasar jamás un autobús por su casa. «Hasta los años 80 existía un microbús que recorría la zona. Lo quitaron no sé por qué», recuerda. En la actualidad, el transporte público se limita a un autobús que cada veinte minutos pasa por Artaza, «pero para llegar hasta él tenemos que bajar una larga cuesta. Eso nos obliga a utilizar el coche particular cada vez que vamos a realizar una gestión, ir al médico o de compras», se lamenta.
La movilidad también es un problema para Itziar Aguirre Collado, que cada día debe trasladarse a Loiu para acudir a su trabajo como docente en un centro escolar. «Resido en un barrio alejado del centro de Bilbao y el autobús que llega hasta Loiu sólo pasa por las zonas céntricas, lo que me obligaría a realizar varios transbordos, sin contar con el horario: un servicio cada hora y, los fines de semana, cada dos horas». Otro de los inconvenientes es que «si me decido a coger el autobús tengo que estar tres cuartos de hora esperando en la puerta de mi trabajo para empezar la jornada laboral».
Y esa no es la peor ruta. Una visita al puerto de Armintza en transporte público obliga a olvidarse de las prisas. El viaje en autobús desde Las Arenas dura casi hora y media. Es la única opción con la que cuentan los residentes de todo el pueblo. Uno de ellos, Luis Fano, reconoce que lo usa «de vez en cuando, aunque generalmente me desplazo en mi coche». En su opinión, «lo ideal sería una línea que una Lemoiz con la estación de metro de Plentzia, cada media hora».
BUSTURIALDEA
Anabel Ugarte
«Nos quitaron el servicio sin avisar»
También en la costa, la bakiotarra Anabel Ugarte decidió hace una década poner en marcha un taller de costura en la vecina localidad de Bermeo. Se desplazaba en su coche acompañada de una amiga. Al cabo de un año, se topó con la grata noticia de que la Diputación iba a implantar una línea de autobús entre Bakio y la villa marinera e «inmediatamente me deshice del coche», recuerda.
Fueron siete largos años utilizando el transporte público. Sin embargo, su currículum de pasajera del Bizkaibus llegó a su fin por la repentina supresión del servicio, salvo en la temporada estival. «Nos lo quitaron de un plumazo y sin avisar», se lamenta
Mientras tanto, de lunes a viernes, Gorka Lauzirika utiliza el coche para desplazarse desde su lugar de residencia, Lekeitio, a su trabajo en el Ayuntamiento de Ondarroa al carecer de alternativas válidas. La única compañía de autobús que opera entre los municipios costeros -PESA- ofrece dos servicios en horario matinal, a las 6.30 y a las 9.30 horas, y otros dos por la tarde (13.00 y 19.00). Lauzirika, al igual que los trabajadores que se desplazan por Lea Artibai, no tiene otra opción: no hay tren de cercanías ni línea directa de Bizkaibus.
A María Eugenia Iza también le resulta «impensable» vivir en el barrio Albiz de Mendata sin vehículo propio. Desplazarse hasta Gernika cuesta algo más de un cuarto de hora y si «no lo hago en mi coche creo que no hay otra manera de bajar, a no ser que aprenda a andar en bicicleta, y a mi edad es complicado». Iza realiza cuatro viajes al día para llevar a su nieto a una ikastola de la villa foral. «Y sin contar los días que surgen imprevistos», añade. A su juicio, la celebración de la semana de la movilidad es una actividad positiva «para la gente que tenga la posibilidad de ir en bicicleta o a pie, pero nosotros estamos en el monte, olvidados de la mano de Dios», reconoce. Los vecinos de los barrios de Albiz y Urrutxua han solicitado, aunque por el momento sin éxito, la puesta en marcha de un servicio de Bizkaibus.
MARGEN IZQUIERDA
José Alberto Pérez
«Estamos dejados de la mano de Dios»
La situación de estas zonas alejadas siempre contrasta con la del centro. Por ejemplo, Barakaldo cuenta con muchos y eficaces medios de transporte: metro, autobús, tren... Pero los habitantes de La Constancia y los núcleos rurales que le rodean nunca han disfrutado de estas comodidades. «Por mucho que lo pidamos, aquí no ponen ni un microbús. Nos tienen dejados de la mano de Dios», protesta José Alberto Pérez. Desde este paraje montañoso, entre Cruces y Burtzeña, se ven arterias como la A-8 o el corredor del Cadagua. Es un núcleo poblado y bien comunicado por carretera, pero carece de servicios. Para comprar leche o leer el periódico, sus vecinos viven una auténtica odisea. «Aquí hace falta el coche para todo, porque cualquier tienda de Cruces te coge bastante lejos. Tardas como mínimo media hora entre ida y vuelta», dice Pérez. A sus 34 años, este hombre ya está acostumbrado a sufrir las prolongadas cuestas que llevan a su casa familiar. Al menos, vislumbra «solidaridad» vecinal. «Si alguien ve a una señora mayor con la compra, le echa una mano».
Otros no están tan habituados a esta situación. Los residentes en La Magdalena, un barrio de nueva construcción entre Abanto y Santurtzi, también viven aislados, aunque no era eso lo que les habían prometido. Los folletos de la promoción describían un enclave de ensueño en las faldas del Serantes. Desde su inauguración, hace tres años, sólo han encontrado problemas. El primero, que ningún autobús de línea tiene como destino este lugar. «Cuando compramos las viviendas dábamos por hecho que instalarían un servicio público, pero las instituciones lo han denegado en tres ocasiones», se lamenta Navarro. «Hay familias como la mía, de cuatro miembros, en las que tenemos cuatro coches», apunta.
NERVIÓN-IBAIZABAL
Justa Zabala
«Siempre hay alguien que te lleva»
Ocurre también en algunos puntos de la comarca del Nervión-Ibaizabal a los que no llega el transporte público. Es el caso de Zollo, un enclave rural de Arrankudiaga de cien vecinos. «Los mayores tiramos de los hijos o los vecinos para que nos acerquen a Miraballes», dice Justa Zabala. María Jesús Abrisketa, otra residente, también se ve obligada a buscar quien ejerza de chófer. «Siempre hay alguien que te lleva, aunque sea el panadero». Otra opción es recorrer a pie los cinco kilómetros que separan Zollo del transporte público más cercano, que se encuentra en Ugao-Miraballes. «Pero no todo el mundo puede. Así que las urgencias se hacen en taxi».
Una historia como ésta resulta sorprendente en boca de los vecinos de Galdakao, un municipio con casi 30.000 habitantes y cercano a Bilbao. A los vecinos de Aperribai, sin embargo, les da la sensación de vivir es una isla. Unas 3.000 personas habitan esta ladera de la montaña con 800 metros de desnivel situada a tres kilómetros del centro de Galdakao. «El transporte público lo vemos pasar, pero aquí no llega», se queja Rosy Hernán. Está jubilada y se confiesa ya harta de «subir con la compra a cuestas».
Mientras, los doscientos residentes del barrio de Landatas de Orduña son «profesionales del paseo». Tres kilómetros les separan de la estación del tren, el único transporte que llega a Bilbao. «Tienes que salir con tiempo e ir con precaución porque hay que cruzar la BI-625 por una rotonda y los coches vienen como locos», advierte Aitor Laskoz. Más lejos está aún el barrio de Ripa, donde apenas viven una veintena de personas. «Aquí no queda más remedio que tirar de coche», concluye Laura Navarro. Aun así, de vez en cuando se anima a acercarse al centro de la ciudad a pie, un paseo de cinco kilómetros.









