Quienes conocieron aquellos hogares sin electrificar (salvo la iluminación) y con su cocina de carbón y astillas, no necesitan que les explique ni les aclare nada. Pero los que han tenido la fortuna de no conocer aquellos tiempos creo que necesitan una aclaración y se la voy a ofrecer con doble conocimiento de causa, porque conocí aquellos tiempos de niño y aún llegué a sufrirlos algún tiempo de adulto.
He escrito lo que antecede porque cuando me casé allá por los años cuarenta (¿diantre, como pasa el tiempo!) aún estaban en auge el carbón y la leña. La única ventaja que disfruté fue la de sustituir el infiernillo de alcohol por un pequeño hornillo eléctrico. Ya empezaban a electrificarse los hogares bilbaínos en aquellos años de la postguerra.
Los veteranos, y sobre todo las veteranas, conocen bien el problema que se planteaba dos veces al día para encender un buen fuego en el hogar, a base de quemar unas hojas de periódico, unas astillas encima y finalmente la paletada de carbón que, poco a poco se iba poniendo al rojo. Era una tarea bastante complicada hasta conseguir que la chapa de hierro adquiriese el calor suficiente para guisar la comida o la cena.
Y como no era cosa de repetir esta tarea una tercera vez por la mañana temprano para calentar un sencillo desayuno, surgió como un gran invento el infiernillo de alcohol, que si no ha pasado completamente al museo de objetos históricos, es porque aun se sigue utilizando en las llamadas 'fondues'. Yo tengo una y resulta agradable y original para degustar un plato rápido de carne por el método del autoservicio.








