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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Lunes, 13 febrero 2012

Mundo

ANÁLISIS
La última c.
13.09.07 -
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Las guerras tienen su final, su luto y su impostura. No hay guerra razonable ni paz que convenga a los pobres. Amansan para llegar a la calma chicha, como las tormentas después de arrojar un barco en la playa. Quedan los cadáveres sobre la arena, y los libros de historia dan cifras que van desde diez a diez millones. Yo pienso como aquel escritor franquista (José María Gironella) que 'Los cipreses creen en Dios'. Sé que están para eso, visto lo visto. Pero me horroriza el cálculo del final, la retirada suave del sable cuya muesca te inocula la gangrena.

La guerra de Bush ha sido así, el apasionamiento de una entrada solemne de los apuestos marines, con nuestra aguerrida y adorada Mercedes Gallego a la cabeza (¿qué tiempos aquellos!) y la retirada, como el agua que se escapa por el cedazo, uniforme a uniforme, para que no desaparezcan de pronto las estrellas americanas del firmamento iraquí y todo quede a oscuras. El general Petraeus ha dicho que se irán unos 30.000. Que no son el huevo, pero sí el fuero. Es la última cagada. Hay un interés en que la llama perviva y Bush sopla caníbal sobre la brasa como si asara chuletillas. Pero en el fondo sabe que ya ha enseñado la patita y que el repliegue es una retirada a plazo, o una derrota a plazo. Las victorias tienen una proclamación súbita, mientras que las derrotas son como el dengue, te vas cagando hasta la deshidratación y, a veces, hasta la muerte de vergüenza.

Los países tendrían que pagar una indemnización por estragos tras abandonar a su suerte a un país arruinado. No hay derecho. Matan a una generación y vuelven a casa a cuidar de sus zumbados y de sus viudas. Soldados inocentes que se alistaron por un mendrugo o una nacionalidad y que han logrado, como conquista suprema, morir como soldados estadounidenses o quedar para siempre mirando el tráfico detrás de una ventana. Pero será un regreso sin confetis, porque en realidad nadie quiere verlos y mucho menos exhibirlos. Recogen el petate sigilosos como el que abandona una película porno o sale de su casa para que su mujer no le encalome otro recado.

El Gobierno iraquí está como loco y considera que las declaraciones del general son un signo de continuidad, cuando en realidad el matrimonio languidece y nadie sabe ya como medir la frigidez de la pareja. La señal da fuerzas a la insurgencia y abona el espíritu fanático de esos jóvenes locos empeñados en actuar a lo grande y lograr el traslado de un país entero al paraíso. En el cielo de Alá hay overbooking. El problema se suscitará cuando se vayan los americanos y no haya invasor contra quién canalizar tanta fuerza bruta y destructora.
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