
Al parecer, sin motivo aparente y sin que mediara discusión previa alguna, el agresor empezó a asestar puñetazos en la cabeza y otros golpes al anciano, de 93 años, que se encontraba postrado en una silla de ruedas. Los allegados creen que la situación llegó a «superar» al hombre, que se encargaba del cuidado de su padre desde hacía algunos años. El nonagenario, que fue sometido a una traqueotomía y llevaba una sonda, «había sido un tiarrón en su época», según los conocidos. La vejez, sin embargo, le había ido deteriorando físicamente. Estaba delgado y débil y ya no podía salir de casa, a la que se accede por unas empinadas escaleras de cemento.
Junto al padre y al hijo, que aún sigue empadronado en Sestao, vivían también unos veinte gatos, motivo por el cual una asistenta se había negado a acudir al domicilio, apuntan los vecinos. En la actualidad, una auxiliar ayudaba a los dos hombres en las tareas domésticas. Ambos recibían una pensión, uno por jubilación y otro por invalidez. Manuel C.D. sufrió un accidente laboral -le cayó una uralita sobre la cabeza debido a un golpe de viento-, y después de una delicada intervención le concedieron la incapacidad.
Desde entonces, se había volcado en el cuidado de su padre. Le daba la cena y le acostaba. «Papa, ¿apago ya la tele y vamos a dormir?», se le escuchaba preguntar. Hasta el punto de negarse a recibir ayuda de otros familiares, según cuentan algunos vecinos. La víctima tenía otros dos hijos, un hombre y una mujer, ambos residentes también en municipios de Vizcaya.
¿Qué ocurrió aquellos días por la mente de Manuel para que terminara presuntamente acabando con la vida de su padre a golpes? Algunos creen que el hombre estaba «desequilibrado». «Solitario» y hasta huraño, Manuel protagonizó un altercado el viernes, víspera del homicidio, en un bar del barrio. «Vino a por tabaco, pidió un zurito y le dio el arrebato. Repetía: 'Estoy loco' y 'Soy un desgraciado'», recuerda la camarera que le atendió, una de las pocas vecinas con las que aún mantenía alguna conversación. Después, pegó un manotazo a la barra y tiró platos y vasos al suelo.
«Soy un desgraciado»
Pese a que la dueña del local le invitó a que se marchara, él se mantuvo acodado a la barra durante más de dos horas, hasta que pasadas las tres de la tarde se fue a casa. Según el primer examen médico, algunos de los golpes que presentaba la víctima habían sido inferidos días antes. Una ambulancia de la DYA de Sodupe se desplazó hasta el domicilio, pero finalmente fue una UVI móvil la que trasladó al anciano hasta el hospital de Cruces. Los facultativos intentaron reanimarle en la cocina de la casa, donde le encontraron sangrando. Presentaba graves heridas, de las que finalmente no pudo recuperarse. Falleció en la madrugada del lunes, día 3 de septiembre, en la cama del hospital.
Cuando los ertzainas acudieron el sábado por la tarde a buscar al presunto agresor -aún el anciano no había muerto-, éste estaba aturdido. ¿A qué venís, a detenerme?, preguntó a los agentes. En su declaración ante la Ertzaintza, el arrestado admitió que había pegado al anciano, aunque alegó que no tenía control sobre sus actos, según algunas fuentes. De su testimonio se podía desprender que le estuvo golpeando durante un largo periodo de tiempo. Tras ser puesto a disposición judicial, Manuel C.D., que carece de antecedentes penales, ingresó en la prisión de Basauri el pasado día 3 de septiembre, acusado de un delito de homicidio, indicó Interior. «Siempre había tratado bien a su padre, pero se ve que la situación le había superado», comentaba ayer indulgente una vecina.








