
Shinzo Abe tras anunciar su dimisión. / REUTERS
Apodado Príncipe por sus refinados modales y Halcón por su conservadurismo, Shinzo Abe ha sido un primer ministro reformista pero sin liderazgo, que ha caído víctima de su incapacidad para manejar su partido, a la postre su peor aliado. Ha dilapidado en menos de un año la renta de su carismático antecesor, Junichiro Koizumi, al frente de un Ejecutivo por donde ha pasado con más pena que gloria.
Obsesionado con situar a Japón en un lugar preeminente en la esfera internacional, Abe, que a sus 52 años se convirtió en el primer ministro nipón más joven desde la II Guerra Mundial, apostó por cambiar la Constitución pacifista impuesta por EEUU y promovió el fortalecimiento de las Fuerzas de Auto Defensa japonesas.
Este hijo de ministro y nieto de primer ministro -su abuelo, Nobusuke Kishi, fue detenido como criminal de guerra aunque exculpado- alcanzó el poder de su grupo, el Partido Liberal Democrático, tras catalizar los apoyos de la corriente más conservadora de la formación. El 1 de septiembre de 2006, Shinzo Abe anunció su candidatura a la sucesión de Koizumi, veinte días más tarde se convirtió en presidente del PLD y el 26 de septiembre fue designado sin pasar por las urnas.
El 12 de septiembre de 2007, tras menos de un año en el cargo, un Abe cabizbajo y sin energías anunciaba su dimisión, algo que se venía venir desde hace tiempo tras los casos de corrupción de varios de sus ministros y una contundente derrota electoral en los comicios al Senado del 29 de julio. Sin embargo, durante sus tortuosos días al frente del Ejecutivo, ninguno de los escándalos lo tuvo a él como responsable principal aunque pagó los platos rotos de un turbio entorno político dentro de un PLD que fue incapaz de manejar.
Se le atragantó la política interna
Los logros de la era Abe fueron escasos y centrados especialmente en el plano internacional, como su acercamiento a China para rebajar las tensiones producidas durante los últimos meses de Koizumi o la propuesta japonesa contra el calentamiento global para que sustituya al Protocolo de Kioto tras su finalización en 2012.
Pero la política interna se le atragantó. Prueba de ello es que a principios de julio sus niveles de popularidad habían caído hasta un 30%, a menos de la mitad del apoyo con que contaba cuando accedió al cargo. Desde su nombramiento, Shinzo Abe tuvo que lidiar con las dimisiones por corrupción o salidas de tono de sus ministros y con el suicidio de otro.
Los múltiples cambios realizados en los Ministerios - el último una remodelación casi completa del Gobierno el 27 de agosto- demostraron ser inútiles y la corrupción siguió saliendo a la luz. De hecho, solo cuatro ministros continúan en su puesto desde el 26 de septiembre de 2006. El escándalo de las pensiones públicas, por el que la Administración japonesa perdió los registros laborales de 50 millones de empleados, terminó por costarle al PLD la mayoría en el Senado, en el primer test al que se sometió su gestión en las urnas.