
Tan sólo los tres porteros -Iraizoz, Aranzubia y Raúl Fernández- y Asier del Horno saltaron ayer al césped del campo número uno de Lezama. Los guardametas trabajaron con su preparador, Carlos Meléndez, mientras que Caparrós y Martín focalizaron su atención en el lateral gallartino. Antes de ponerse el mono de trabajo, el técnico sevillano mantuvo una breve charla con el lateral. Y luego empezó la 'paliza'. La sesión estaba perfectamente planificada. Carreras suaves al principio, progresiones con el balón después, ejercicios de colocación y anticipación y movimientos específicos en la banda izquierda con salidas al contragolpe. 'Materia' agotadora para el ex internacional cuyos pulmones pedían a gritos un átomo de oxígeno.
«¿Debe salir ahora!»
Del Horno, un portento físico de la naturaleza cuando está bien, quiere rescatar su fortaleza innata para ayudar al grupo y volver a ser una de las referencias del Athletic. El equipo lo necesita y el gallartino también quiere entonarse para desquitarse de su decepcionante paso por el Valencia, donde ha mantenido una dura guerra dialéctica con su entrenador, Quique Sánchez Flores, que le acusó en más de una ocasión de «falta de compromiso y profesionalidad». El lateral está convencido de que pronto recuperará el nivel, aunque cuesta creer que pueda pisar el césped de San Mamés el sábado. Joaquín Caparrós, sin embargo, tendrá la última palabra y tres días por delante para obrar el milagro.
Por espacio de una hora, Caparrós y Martín sometieron a Del Horno a un trabajo 'destajista'. El utrerano puso mucho acento en los ejercicios de anticipación. «Usted debe salir ahora, ¿ahora!», le aleccionaba mientras hacía de delantero improvisado. Los dos técnicos le fijaban puntos de referencia para trazar sus desplazamientos defensivos. Más de 200 aficionados que se acercaron a Lezama siguieron en silencio las evoluciones del lateral izquierdo. Le vieron sufrir. Respirar con ansia. Oxigenar los pulmones a grandes bocanadas con la mirada clavada al suelo. Pero sin fisuras en su determinación de recuperar su mejor nivel y competir con garantías.
Las instrucciones de Caparrós fueron constantes. La capacidad pulmonar de Del Horno menguaba por el esfuerzo. Pero aguantaba. Seguía. Obedecía. Incluso hubo tiempo para alguna que otra broma. Después de un pase fallido, el técnico sevillano 'culpó' a las botas. «No pasa nada, son nuevas», soltó entre risas. Una hora después, marchó al vestuario. Él quiere jugar el sábado. Su cuerpo dictará la sentencia. Será dentro de tres días.










