
«Quiero ser presidente de España porque es mi país, porque quiero a España y siento a España», «creo en la España constitucional», «en la España de las autonomías y no en la de las soberanías», «voy a poner fin al Gobierno de Zapatero porque es lo que le conviene a España». Con éstas y otras proclamas del mismo tenor presentó su candidatura Rajoy ante la junta directiva, donde animó al PP a conseguir el triunfo electoral «para devolver España a los españoles».
«Disimulo» de Zapatero
El dirigente popular consideró que José Luis Rodríguez Zapatero, en las postrimerías de la legislatura, está empeñado en «una operación de disimulo» para que los ciudadanos olviden su gestión, pero señaló que el empeño del partido opositor será desenmascarar esa operación y recordar «los cuatro años en los que no ha hecho más que crear problemas y romper consensos».
«Quiere ser más españolista que nadie y el más duro contra ETA», dijo Rajoy de su adversario, al mismo tiempo que advertía de que «su crédito ha terminado», para concluir que el líder socialista «no puede engañar a todos todo el tiempo». El presidente del PP prometió apoyar al Gobierno en su propósito de acabar con ETA pero pidió «que sea firme, de verdad», le reclamó que apoye a quienes defienden la bandera de España en el País Vasco y citó, en concreto, a la alcaldesa de Lizartza, Regina Otaola.
Frente a la falta de credibilidad que endosó al PSOE, Rajoy se presentó a sí mismo y a su partido como la opción «fiable» que los españoles necesitan para defender la España constitucional, la derrota de ETA sin negociación política y la mejora del bienestar.
En este sentido, cifró su éxito electoral en una oferta programática que será «la mejor» que se ha hecho desde 1977, superando así los programas electorales de José María Aznar. Aunque no hizo referencia a aquellos años de gobiernos del PP, exhibió su gestión como una experiencia merecedora de la confianza de los ciudadanos y aval de futuro. «Se acabaron las chapuzas, los errores e improvisaciones», prometió. «El nuestro será un Gobierno como Dios manda».
Varios centenares de directivos populares aprobaron, por aclamación, la candidatura de su líder con aplausos de varios minutos y él agradeció el encargo con un emotivo recuerdo a la trayectoria de servicio en la organización en la que milita desde hace «más de media vida».
Petición de «unidad»
Para hacer frente a las turbulencias internas desatadas este verano, Rajoy «exigió» a su partido que se dedique a conseguir el único objetivo que tiene por delante: «ganar y gobernar». «Lo demás no nos importa», les dijo y reclamó «unidad» y «sentido común» para no caer en diatribas que resulten perjudiciales a sus intereses. El presidente del PP elogió a sus colaboradores, calificó de «extraordinario» al equipo que le ha acompañado en los último tres años y reivindicó su labor de la oposición. «Ya me gustaría ver a algunos en esa situación», replicó a sus detractores.
«Con ser grave lo que ha ocurrido», dijo en referencia a la gestión socialista, «de no haber sido por el PP, los daños serían mayores e irreversibles», apuntó.
En esta rendición de cuentas, se jactó de haber preservado la independencia del PP frente a quienes pretendieron condicionar su política pero también proyectó esta cualidad como compromiso de un futuro gobierno popular. «Sólo quiero pactar con los españoles», aseguró y dijo que hará un programa electoral para los ciudadanos y «no para los partidos».
Precisamente, fue ésta otra de sus críticas a Zapatero, a quien acusó de carecer de una idea de España y arbitrar el reparto de transferencias e inversiones en las autonomías en función de sus intereses partidistas. Por eso, dijo que el PP ganará porque «los españoles quieren un Gobierno sin hipotecas».
De las hipotecas que pagan los ciudadanos también habló, así como del encarecimiento de los precios, las estrecheces de los 'mileuristas' y los problemas que auguró a la economía española. Reprochó al presidente del Gobierno que haya calificado la situación económica de «envidiable» y le acusó de vivir «alejado de la realidad e insensible ante los problemas de las familias».






