
«Cuando me he enterado, me he puesto a llorar», confesaba ayer Victoria Eugenia Escobar. Vive en un segundo piso y sus ventanas dan al aparcamiento donde estaba el coche bomba, pero no fue consciente del riesgo que había corrido hasta que a las siete de la mañana le enviaron un mensaje que decía: «¿De buena te has librado!». Había oído la detonación pasadas las once de la noche, pero pensó que eran fuegos artificiales. «Como estamos en vísperas de las fiestas de San Mateo...».
Al igual que ella, muchos vecinos durmieron desconocedores del operativo policial y del peligro que acechaba a escasos metros de sus hogares. Se enteraron al encender la radio, o por llamadas de sus familiares. Otros, por el contrario, pasaron la noche en vela, curioseando junto a las ventanas pese a las indicaciones policiales o resguardados en las habitaciones traseras de sus casas. «Mi hijo escuchó la explosión y vimos todo», relata Felicidad Acha. «Un policía nos dijo que cerrásemos y nos metiésemos dentro».
Especialmente angustiosa fue la situación vivida por otra vecina de la calle Antonio Sagastuy, que reconoció haber pasado «un miedo atroz durante toda la noche». «Cenamos todos juntos, acostamos al niño y salí con mi marido un instante a recoger unas invitaciones para una boda». «Apenas fueron unos minutos», enfatiza aún temblorosa. Cuando volvieron, la Policía había acordonado la zona. «Les dije que tenía un niño de diez años durmiendo en casa solo, pero no nos dejaron pasar». Hasta las cuatro de la madrugada no pudieron volver al piso, acompañados por un agente.
Poco más tarde, a las cuatro y media, se vivía uno de los momentos de mayor tensión desde la fallida explosión del coche bomba. Un policía pedía la máxima precaución y alejaba a los presentes. Los expertos en desactivación de explosivos estaban manipulando el artefacto. Al filo de las cinco de la madrugada, el alcalde de Logroño hacía unas declaraciones en las que destacaba el trabajo de las fuerzas de Seguridad y se mostraba optimista: «Seguro que no va a pasar nada».
Pasarían aún más dos horas antes de que se restableciera la normalidad, con la retirada del cordón policial. Los que no habían pegado ojo en toda la noche y los que se despertaban con la noticia podían suspirar ya aliviados, como Pilar Fernández: «Si llega a explotar, nos machaca».






