
El reportaje titulado «¿Cuánto tributo es suficiente?» reflejaba en voz alta el dilema de una ciudad cansada de regocijarse en un drama que ha sido manipulado políticamente para justificar guerras, torturas y abusos de derechos civiles, pero que precisamente por ser bandera patria del país se mantiene en el candelero.
Por supuesto, para las 2.749 familias que ese día perdieron a un ser querido en el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001 nunca habrá suficiente duelo. «Éste es un país libre, el que no quiera homenajear que no lo haga», ataja Peter Brown, un bombero que rinde tributo a sus compañeros trabajando como voluntario en el Centro de Visitantes de la Zona Cero. Allí se parapetan los que no quieren olvidar, decididos a revolver la memoria cuanto sea necesario para mantener vivo el horror de aquel día, como si con ello pudieran devolver la vida a los que perdieron.
Lee Ielpi, que pasó nueve meses en la Zona Cero buscando los restos de su hijo, admite que hay un peaje emocional en revivir la tragedia a diario, pero le compensa. «Así hablo de mi hijo y de sus 19 compañeros. Nosotros somos sus voces. Gracias a eso gente como tú llega a conocerlos y no se olvida de ellos».
A él le sirve de terapia, y a la masa de morboso entretenimiento. Desde el pasado 17 de septiembre, más de 300.000 personas han desfilado por la galería construida en Liberty Street, a un costado del gigantesco agujero en obras. La cifra lo coloca entre las diez principales atracciones de Nueva York, en competición directa con monstruos turísticos como el Metropolitan Museum, la estatua de la Libertad o el Empire State. Y eso sin contar los cientos de miles que se limitan a pasear por el contorno del solar, sin darse cuenta siquiera de que existe este museo.
Cinco salas
Ielpi les veía desde dentro mientras trabajaba en el desescombro. Cuando supo que el museo que se construirá sobre la planta de las Torres Gemelas tardará aún muchos años, organizó a las familias para este tributo que alimenta la memoria y ubica al visitante. «Ni siquiera sabían si estaban en el sitio correcto, dónde estaban las torres o cuál se cayó primero», cuenta. De todo eso y más se encargan las cinco salas que hacen un viaje por los atentados más famosos de la historia.
La primera es como atravesar el túnel del tiempo. Un vídeo narra la vida feliz del World Trade Center, con su lujoso restaurante Windows Of the World y el observatorio rodeado de nubes. «Cuando salgas de aquí se detiene el tiempo y empieza el 11-S», advierte Ielpi. Las últimas frases de las víctimas y las horrorizadas descripciones de los testigos pueblan las paredes, ocupadas por vitrinas llenas de macabros relicarios: zapatos de tacón cubiertos de polvo, maletines de ordenador envejecidos de golpe, cubiertos retorcidos y medio fundidos, una ventanilla de avión...
«Santo cielo, ¿se ha caído, se ha caído!», anunció ese día Pat Walsh, piloto de un helicóptero de la Policía, que se ha visto perpetuado en la galería del horror junto a tantas otras frases estremecedoras. Desde el muro, cientos de carteles de 'missing' que un día empapelaron la ciudad muestran las caras sonrientes de los que nunca salieron con vida.
Para 1.145 familias que no han recibido ni un solo hueso de sus seres queridos muertos, el breve paseo que darán hoy por el centro del solar será su única oportunidad de acercarse a ellos.






