
Ahora ha ampliado su repertorio: «No tenía sentido seguir en el Tour. Ya no había opción y había hecho mi trabajo. No me quedaba más que hacer allí. No me aportaba nada llegar a París». Así se desconectó Menchov de la última Grande Boucle. De repente. Justo en la primera etapa tras la expulsión de su líder, de Rasmussen, del maillot amarillo. «Esa noche, cuando sucedió todo, les dije a los directores que yo me quería ir. Me pidieron que estuviese en la salida como un gesto de apoyo al equipo». Lo hizo. Y se retiró al llegar al avituallamiento. «Así podía descansar para preparar la Vuelta». Matemáticas de la fisiología. Economía de gasto. Menchov se apaga y se enciende. En su vocabulario ciclista sólo hay un verbo que merece ser conjugado: 'ganar'. O eso o apagón mental.
La Vuelta a España tiene buen recuerdo de este ciclista de corriente alterna. Fue en 2005. Menchov era el líder, el dueño. Sin respuesta. Heras, con las rodillas grapadas, no podía con él. Con el ruso gélido, inmóvil. Pedazo de hielo. Así fue hasta que, paradójicamente, a Menchov le traicionó el frío. Su origen y su patíbulo. Camino del final de la etapa en Pajares, la lluvia castigaba el ascenso a la Colladiella. Bufanda gris. Niebla. Piel blanca, congestionada. Hacía frío fuera y dentro. Dentro de Menchov. El ciclista más calmado. El más seguro de sí mismo. Heras y él cruzaron juntos la cima del puerto. El bejarano apretó dientes y piernas, y se colgó de la primera curva. Menchov no. Tranquilo. Irguió la espalda y se entretuvo con la cremallera del chubasquero. Concedió media curva a su rival. Tranquilo. No le vio más.
Menchov nada sabía de la conversación que unos kilómetros por delante mantenían una aldeana y un par de ciclistas. Vicioso y Caruso. «¿Les traigo una manta?», ofreció la mujer al verles parados en la cuneta. Humeando. Gatos mojados. Los dos estaban esperando a su jefe, a Heras, que bajaba desbocado. Los tres compartían un secreto: habían visto a Menchov desinflar sus ruedas para evitar así riesgos en el descenso. Menos peligro, pero menos velocidad. La manta les duró poco a Caruso y Vicioso. Por allí venía Heras y 200 metros detrás un ruso inperturbable. Cuando Heras se juntó con los suyos, la Vuelta pasó a sus manos. Menchov despertó tarde. Y desconectó. Arrancó el enchufe. Desde ese día, en el Rabobank pasaron horas convenciéndole para que terminara la Vuelta. Al fin y al cabo, era el segundo de la general. En esa plaza llegó a Madrid. Era septiembre. En noviembre la ganó: por el positivo de Heras.
«Para resarcirme»
«Denis tiene esa mentalidad. Está en esto para ganar», coinciden quienes le conocen. Él lo confirma: «Este año no he conseguido mis objetivos, ni en el Tour ni en el resto de la temporada. Sólo he ganado una etapa -en la Volta-. Por eso he venido a la Vuelta para resarcirme». Pidió correrla. Cambió sus planes en aquel avituallamiento del Tour. Apagó la ronda gala y encenció la española. De la Grande Boucle salió frustrado, amargado. Con Dekker y Boogerd, se había entregado a la defensa de Rasmussen. Y habían vencido. El Tour ya era suyo. Hasta que el propio Rabobank decidió expulsar al líder danés por sortear controles antidopaje previos a la carrera. «Fue algo muy fuerte. Inexplicable». De eso apenas habla.
En el Rabobank han impuesto la ley del silencio. Un antiguo superintendente de la Policía Regional de Utrecht, Peter Volgelzang, dirige una investigación interna sobre el 'caso Rasmussen'. Un ciclista que no ha dado positivo, que superó sin problemas todos los controles. Que, al parecer, mintió sobre su lugar de residencia para esquivar los controles de la UCI. Mientras, el Rabobank se consuela con Menchov en la Vuelta. Sólo tiene que hacer una cosa: mantener al ruso encendido. Evitar que 'se la sude'.

















