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Los puentes nuevos
En septiembre de 1937 se presentó con todo el boato del momento la que, sin duda alguna, fue calificada como la gran obra patriótica del Ayuntamiento de Bilbao
09.09.07 -
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Los puentes nuevos
PROVISIONAL. Los puentes sobre gabarras fueron la solución de paso. / EL CORREO
El 4 de septiembre de 1937, a las ocho y media de la noche, se inauguró en el que fuera Salón de Artistas Vascos la exposición sobre los nuevos puentes de Bilbao. Con dicha muestra, patrocinada por el Ayuntamiento, se pretendía que todos los bilbaínos contemplaran con sus propios ojos los renovados diseños de los puentes que habrían de sustituir a esos otros que el ejército republicano, para facilitar su huída ante las tropas franquistas, voló durante la noche del 18 al 19 de junio. Por tan sólo 25 céntimos todos aquellos que lo deseasen podían comprobar cómo serían los nuevos pasos sobre la ría, adaptados, claro está, no sólo a las exigencias técnicas del terreno sino a la estética e ideología de los vencedores.

La Gaceta del Norte anunciaba que la exposición estaría abierta al público durante cinco días en horario de mañana y de tarde. «Todo Bilbao -añadía-, está en el deber de acudir a esta interesantísima exposición que le probará, mucho mejor que cuantas palabras pudiéramos nosotros emplear en calificarla, la pujantísima iniciativa de nuestro Ayuntamiento, que va a construir sobre las ruinas de estos que fueron magníficos puentes, orgullo de nuestro pueblo, los nuevos de la España Imperial, que llevarán nombres inmortales, unidos ya para siempre, con nimbos de gloria, a la historia de la Patria». Y es que ya entonces no había nada, de lo considerado como bueno, que no se hiciera en honor de la Patria, el Imperio, la Cruzada, el Caudillo, los caídos, Dios y España misma. Obviamente, los puentes nuevos de Bilbao no iban a ser menos.

La reconstrucción de los puentes era un hecho cargado de mucho simbolismo. En gran medida ellos habían sido prueba material de la pujanza y del crecimiento de la Villa. Eran los lazos que daban unidad a una ciudad que se había convertido en vanguardia, primero del comercio y, más tarde, de la industria. Pero al mismo tiempo, toda esa alabanza al puente y su contribución a la grandeza de la ciudad servía para establecer un marcado contraste con el hecho mismo de su destrucción. «Unos seres infrahumanos -se apuntaba desde las páginas de La Gaceta del Norte-, representativos del salvajismo bárbaro primitivo, disfrazados los unos con la máscara grotesca del amor a una supuesta nación inexistente, y los otros con la defensa hipotética de unos privilegios de clase, aliados en su demencia criminal, destruyeron a la vez la noche del 18 al 19 de junio, los puentes mencionados, dejando truncada la vida bilbaína». Evidentemente, ante lo que, sin duda alguna, calificaban como la obra destructora de la «anti-España», las nuevas autoridades contraponían el lema de 'España construye', dejando muy claro, incluso antes de levantar los puentes, que todo era posible gracias a Franco. «Los hizo la España de Franco», se proclamó en la prensa.

En cierto modo los puentes de Bilbao tenían múltiples servicios. Eran el argumento perfecto para denostar a los vencidos en sus dos versiones, la separatista -por los nacionalistas-, y la comunista -por el resto-. Así se subrayaba que hasta las ruinas tenían su lado positivo -«los muñones desgarrados de piedras rotas y hierros retorcidos»-, pues habían dejado constancia del poco amor que aquellos sentían por Bilbao. Por el contrario, la 'España de Franco' sí amaba a la Villa y a su historia puesto que, a los dos meses de rendida la ciudad, se preparaban para la reconstrucción de los puentes. Es más, los franquistas ya habían restablecido «el tráfico entre las márgenes, con los puentes militares que tendieron en plazo inverosímil». Y es que por entonces todo valía para hacer propaganda, más aún, si con ésta se desprestigiaba a los que habían huido y ya no tenían forma alguna de defenderse.

Cuatro fueron los proyectos que se presentaron en la exposición. El primero hacía referencia al puente de San Antón que, al menos, sí conservaba su nombre original. El nuevo diseño no difería en exceso del anterior ya que se mantenía su estilo clásico. La que sí cambiaba era la pasadera de hierro de Conde Mirasol que pasaba a llamarse del Coronel Ortiz de Zárate. En este caso se creaba un «verdadero puente simétrico desde la Ribera al Muelle y sobre él en la zona izquierda, un puente recto que acuerde con el principal en la clave de éste y que con ligera pendiente conduce al centro de la rampa de la Naja, alcanzando desde allí por medio de escalinatas, el nivel de la calle del Conde Mirasol». Otro de los puentes que cambiaba era el de la Merced, que pasaba a llamarse del General Sanjurjo. A nivel técnico se le eliminaban las rampas y las escalinatas de acceso al mismo y se sustituían por un diseño en el que se establecía una pendiente ascendente hacia la orilla izquierda.

Muelle de Ripa

El cuarto proyecto hacía referencia al Puente de la Victoria, que sustituía al antiguo de Isabel II. Con una anchura de 19,75 metros, 2,20 metros más que el anterior, este puente tenía gran importancia, no sólo porque facilitaba la conexión con una de las áreas nobles de la Villa, sino porque se le consideró todo un monumento simbólico. De hecho sus estribos irían esculpidos con altorrelieves simbolizando la victoria de España. Una de las novedades que se incluyeron junto a la reconstrucción de este puente fue la supresión de la estación de Portugalete como estación elevada. En su lugar se construyó una subterránea situada al nivel del muelle de Ripa, «similar a las de los metropolitanos, con entrada por escalinata y salida por escalera situada donde está la que hoy existe».

Estaba claro que Bilbao volvería a tener puentes aunque, se subrayaba, no iban a ser unos puentes cualquiera. Tendrían su estilo y significado puesto que eran «una manifestación externa de esta resurrección vital de nuestro pueblo ante Europa». Y al mismo tiempo se dejaba muy claro que todos ellos iban a ser obra de «la España de Franco, que es tanto como decir la España de la Falange Española Tradicionalista». Efectivamente, los nuevos puentes de Bilbao no eran cualquier cosa.
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