
Frente al escándalo, se corre un Mundial de algo parecido a un deporte. Y en esa situación extrema, presionado por un equipo en el que no confía, acorralado por la FIA para aportar información que esclarezca el asunto, a cinco puntos de su compañero de escudería, Alonso saca la bestia que lleva dentro. Crecido ante la adversidad de un clima hostil, consiguió la 'pole' en el santuario de Ferrari.
La seña de identidad de Fernando Alonso son los callejones sin salida. Allí donde los pusilánimes se ahogan, donde no hay respuesta para tanta presión, él extrae lo mejor de su repertorio. En medio de una tormenta sin precedentes en la Fórmula 1, un suceso que los más veteranos no dudan en calificar como el mayor escándalo de los últimos veinte años, Alonso hace cuentas a partir de su ambición. «Son cinco carreras, cinco finales y cinco puntos. Dependo de mí mismo. Si gano a mis rivales en todas las carreras, gano el Mundial», dijo ayer el ovetense en el día de Asturias.
Se quedó muy ancho, convencido como nadie de que la realidad es esa y no otra. Va por detrás en el Mundial, tiene al peor enemigo frente a sí -su compañero de equipo con el mismo coche- y el terrible presentimiento en nube negra de que su escudería podría tomar represalias por el 'affaire' de la FIA. En esa tesitura, Alonso se declara favorito. «Dependo de mí mismo», enfatizó. Es esa seguridad, ese canto a la confianza, lo que provoca la atracción sobre su persona, su capacidad de convocatoria cada fin de semana de carreras. A la mayoría de la gente le gusta porque gana, porque impone su voluntad. Y a otros no les gusta, porque consideran esa autoestima profesional como prepotencia. Pero todos coinciden en un nexo común: ese don le lleva a las victorias.
Hamilton, cerca
Y en esa posición se ha emplazado de nuevo. En el circuito donde ha entrado la policía judicial italiana, donde la hinchada de Ferrari alcanza cotas de paroxismo, donde pasean los poderes fácticos del país y se alcanza la mayor velocidad posible de todo el año: 346 kilómetros por hora en el final de recta. Y donde una nación entera espera la victoria de un 'cavallino rampante'.
El mismo lugar donde Kimi Raikkonen expuso alguno de los argumentos que le convierten en un tipo entrañable, estilo calimero, y le penalizan como aspirante a ganar algún día un Mundial. Iba lanzado en esa recta a primera hora de la mañana, en los ensayos libres, y destrozó su Ferrari contra muros y neumáticos. Luego, en la contrarreloj de la parrilla, se cayó del escalafón de los otros 4 fantásticos, los inquilinos cada fin de semana de las dos primeras filas de la formación inicial. Heidfeld se coló en la nómina y le relegó al quinto puesto.
Hamilton estuvo cerca de Alonso. Claro, para eso es el líder y revelación indiscutible de la temporada. Tan ambicioso como su rival, competente en grado sumo, perdió la sonrisa. Fue segundo. Frases cortas, secas, laconismo total. Alonso amenaza su sillón. «Quiero ganar las cinco carreras que faltan».







